18 de abril de 2010

Artículo indigno

Con frecuencia leo (y escribo) artículos periodísticos aburridos, encuentro en ocasiones yerros garrafales en esos breves análisis -por ejemplo: el pasado viernes Nicolás Alvarado aseguraba en El Universal que no se han publicado libros de Pauline Kael en español ... falso, yo tengo uno en mi buró-.

Pero una cosa es Juan Domínguez y otra no la chingues. Hoy en La Jornada Aguascalientes se ha publicado uno de los texto más infumables que he leído en mucho tiempo, Jesús Mejía se lanza contra "La tauromaquia, espectáculo indigno". Podría desglozar una extensa crítica del citado texto pero ... ¡que flojera!, reparo únicamente en esto: el periodista cita (entre otros) a Mario Vargas Llosa y Fernando Savater como personajes que tienen "una aversión a la tauromaquia". Falso. De Vargas Llosa recuerdo un texto publicado en El país defendiendo a la tauromaquia y Fernando Savater fue partícipe este año de un manifiesto "en defensa de la fiesta".

Es una cobardía que Jesús Mejía se escude falsamente tras el nombre de terceros para validar su crítica a la tauromaquia, se llevó de corbata a Savater y Vargas Llosa quienes ni la deben ni la temen, pero ahí se les embarra; es lamentable también que los editores de dicho periódico hayan publicado en un texto que, más allá de su pobreza, difama a terceros.

Acá le dejo, no vaya a ser que Jesús Mejía lea estas líneas y me califique de alcoholíco sin razón, algo que, tras haber leído su artículo indigno, parace que se le da con naturalidad (hasta al pobre de Hemingway le tocó). Quizás debería enviar mi queja al correo deslustrado del periódico en cuestión pero ... ¡que flojera!

...

¿De los toros? ... confieso que me gustan los olés, los pasodobles y no mucho más, espero que viva (eternamente) la fiesta brava, nada más retrógrada que la prohibición.

13 de abril de 2010

Vivir de periodismo


“El periodismo es un pase gratis para presenciar
desde la primera fila el espectáculo de la vida”

Marco Aurelio Carballo en Morir de periodismo

En alguna ocasión platicaba con un compañero del trabajo sobre sus constantes faltas, se debían, según me confesó, a que uno de sus pequeños padecía una enfermedad en las vías respiratorias y su salud recaía constantemente, para consolidarme con aquella confesión le platiqué sobre la hija de mi amigo, a quien por esos entonces le habían diagnosticado (erróneamente, por cierto) microcefalia, requería una operación que tenía un costo tan obscenamente elevado que exhibía perfectamente la extinción de la ética médica, entonces, mi compañero me interrumpió y me dijo algo que nunca olvidaré: “dile a tu amigo que vaya a la tele, que ahí le ayudan”. Me sorprendió la fe, sí, la fe que depositaba en los medios de comunicación.

La pasada ha sido una linda semana para ponerse a reflexionar sobre nuestros medios de comunicación. Por un lado hemos sido testigos del pornográfico espectáculo mediático que se ha montado entorno a la fallecida Paulette, la principal culpable de tan lamentable exhibición ha sido su propia madre, quien, ingenuamente, quiso utilizar a los medios -no la culpo, son pocos quienes aún creen en la justicia que se imparte en esta nación- y terminó siendo una marioneta de éstos, su fe ciega en el poder de la televisión desembocó en una dura penitencia (para el televidente): una insoportable entrevista con Adela Micha.

Por el otro tuvimos la muy difundida entrevista de Scherer a Zambada. Anunciada (y justificada) con bombo y platillo –“si el diablo me ofrece una entrevista, voy a los infiernos”-, la entrevista logró su objetivo: vendió muy bien, el mismísimo lunes ya estaba agotado el semanario Proceso, al menos, en el par de lugares donde intenté adquirirlo.

La entrevista ha sido calificada como fallida. López Dóriga apuntaba en Milenio la falta de rigor de Scherer y Jorge Fernández Menéndez hacía algo similar en Excélsior; sin embargo, la crítica medular (y más polémica) vendría a cargo de Héctor Aguilar Camín, cito un par de párrafos: “Si alguien conservaba alguna duda de que el narco sabe usar a la prensa y hay prensa que se deja usar por el narco, no tiene más que acudir al encuentro que Julio Scherer aceptó tener con Ismael El Mayo Zambada […] ¿A cuántos periodistas habrán mandado matar El Mayo Zambada y El Chapo Guzmán? ¿A cuántos tendrán sentenciados, amenazados o en la mira? ¿A cuántos habrán silenciado o comprado? No es un asunto que importe en el reporte lírico que hace Scherer del encuentro, dedicado a la glosa de las opiniones de Zambada”.

Más allá de lo fallido o no de la entrevista, el director de la revista nexos animaba el debate entorno a la función del periodista en tiempos de guerra. Si Scherer, nuestro mayor periodista, no fue ni siquiera solidario con las causas de los propios periodistas, como esperar que, parafraseando a Marco Aurelio Carballo, el periodismo sea un pase gratis para presenciar desde la primera fila la guerra contra el narco.

No es un lugar común, pero sí una constante, que algunos reporteros sueñen con ser corresponsales de guerra, en el ámbito local, así lo han expresado al menos un par de ellos en el programa Machetazo a caballo de espadas conducido por Mario Mora. Uno se pregunta: en estos tiempos de guerra contra el narco, ¿dónde están nuestros corresponsales de guerra?

Quizás la totalidad de nuestros corresponsales de guerra ya han sido asesinados, sentenciados, amenazados o silenciados. El caso más emblemático de ello ha de ser el de Alejandro Xenón Fonseca Estrada, una especie de John Reed contemporáneo que dejó las trincheras del periodismo para pasar al frente de batalla (obviamente, no pido que nuestros corresponsales de guerra hagan lo mismo), tomó como arma una manta, intentó colocarla en un puente, y en el acto fue acribillado por narcotraficantes.

En tiempos de guerra parece suicida vivir de periodismo, pero morir de periodismo no es una opción, la cobertura que se ha hecho de la guerra contra el narco no puede seguir siendo, como lo hace Milenio, un simple recuento de muertes, ese periodismo es un periodismo castrado, un periodismo que no es un pase gratis el espectáculo de la vida. Gran parte de la población le tiene fe a los medios de comunicación, le tiene fe al periodismo, es hora de que nuestro periodismo le corresponda.

29 de marzo de 2010

...

Habíamos llegado a creer que era sostenible un mundo donde por un lado se muere de hambre mientras que por el otro se muere de colesterol.

Leído en: Filosofía para andar por casa de Xavier Rubert de Ventós.

23 de marzo de 2010

La internacional bostezante


“Estropear todo momento, cualquier ocasión de regocijo y esperanza, de felicidad y aun de tristeza, con la dinamita temible del bostezo”.
Luigi Amara.

La realidad nacional, aquella que aparenta ser colorida y fascinante, que es capaz de parir a diario numerosos titulares de ocho columnas, no es en realidad tan fascinante. Pasa con los partidos de la selección mexicana de fútbol, tan aburridos, que al día siguiente uno recuerda con claridad la cantidad de cervezas ingeridas, no así la cantidad de goles anotados durante el partido; pasa en el fútbol, y pasa también en muchos otros aspectos importantes en la vida pública de esta nación.

La nacional bostezante no se esconde, no hay que andarla buscando, su carácter cuasi omnipresente nos permite convivir con ella a diario, la podemos encontrar en cualquier rincón de la nación: en múltiples declaraciones vacías publicadas en diversos diarios, en una estética urbana cimentada en concreto magnificente pero gélido y grisáceo, en el albur eterno que se desgasta como suela de zapato, en los 5 o 10 rostros que infectan las pantallas del no-evo cine mexicano, en malogradas reformas anunciadas con bombo y platillo…

Esta bostezante realidad aturde al ciudadano y lo vuelve pasivo ante su entorno, ¿para qué ser partícipe de tan triste espectáculo?, mejor proceder con un bostezo y punto.

Hay que recordarlo, el bostezo es un signo inequívoco de aburrimiento, en una cita, en una reunión… si el invitado bosteza, el fracaso se ha vuelto inminente, se encuentra a la vuelta de la esquina, es solo cuestión de tiempo para que el encuentro fenezca. En un país, el que la sociedad bostece ante su realidad es una señal de su fracaso inaplazable.

Recientemente un grupo de destacados intelectuales publicó un desplegado muy comentado en contra del no. La propuesta se antoja simplista, la solución a nuestros múltiples problemas consiste en cambiar el vocablo, pasar de un monosílabo a otro: del no al sí.

A aquella iniciativa la eclipsaría otra más irreverente y necesaria: un desplegado en contra del bostezo, contra quien lo provoca y contra quien lo emite. El bostezo se ha convertido en el peor de nuestros males, la apatía aniquila nuestro entusiasmo: el fervor por la alternancia democrática se encuentra moribundo, el otrora popular ejército es non grato en varias ciudades, la selección mexicana de fútbol es desmoralizada por las declaraciones de su propio entrenador…

La semana pasada pude platicar con dos capacitadores del IEE, me dicen que, en varios casos, lograr capacitar a los futuros funcionarios de casilla se ha vuelto una proeza inconquistable, la respuesta que reciben es un no rotundo, un “no” que esconde el desánimo, el desgano y la pereza … el bostezo que somos.

Luigi Amara iniciaba un jocoso texto titulado La internacional bostezante (Letras Libres, Noviembre 2008) de la siguiente manera: “No hace mucho tiempo, con un grupo de amigos, fundamos la Internacional Bostezante. El proyecto por supuesto fracasó. Hundido bajo el peso de nuestros propios bostezos, el movimiento, que no se caracterizaba precisamente por su dinamismo, preveía desde el principio su propia destrucción”. Nuestros bostezos como nación nos conducirán irremediablemente a nuestra autodestrucción, para andar, para cambiar, para marchar… debemos primero desprendernos de la cobija del tedio que arrastramos como nación bostezante.

11 de marzo de 2010

Algo más sobre mí y mis entrevistas

Hace algunos ayeres (en realidad, bastantes), andando por el centro de la ciudad, una reportera logró abordarme por sorpresa para hacerme un par de preguntas sobre aquello de la economía familiar … no me quede mudo ante el micrófono, pero casi. Camarógrafo y reportera lograron captar lo patético que soy para contestar prácticamente cualquier tipo de pregunta.

Solo recuerdo una entrevista anterior a aquella, el director de la preparatoria me fichó antes de dedicarse a exprimir el bolsillo de mis padres, para ser admitido en el bachillerato debí redactar y firmar (¡con tinta roja!) una breve carta comprometiéndome a ser un estudiante aplicado … supongo que aquella hoja se traspapeló, pues jamás cumplí con lo firmado, y nunca sufrí las consecuencias pactadas en la entrevista.

Después de aquella malograda entrevista con la reportera, he tenido una considerable cascada de entrevistas, la mayoría de ellas francamente olvidables. Ha habido sin embargo tres entrevistas que me han marcado, quizás, por que la respuesta fue siempre la misma: un no.

La primera fue la entrevista para ingresar al CCC. Esperaba mi turno sentado en un cómodo sillón, a mi lado, una chica (MUY guapa) y un chavo hablaban sobre Ronald Barthes, fui entonces llamado, había llegado mi turno. La primera pregunta, para supuestamente romper el hielo, no logró su cometido: “¿algún platillo típico de Aguascalientes?” … maldita ciudad sin tradiciones culinarias. El acabose, sin embargo, llegó cuando me pidieron que diera mi opinión sobre José Revueltas, jamás había leído algo de él, adiós a mis aspiraciones.

La segunda fue la entrevista para ingresar al CUEC. Esperaba mi turno en una banca, a mi lado, un tipo que parecía zombi, otro acompañado de su mami, y uno más que decía estar crudo (no se le notaba), en mis manos, el número de aniversario de la revista La tempestad con Octavio Paz en la portada, el crudo me preguntó por la revista, “pura vanidad” –le repliqué- mostrándole que las primeras cincuenta páginas de la misma eran pura publicidad, comenzábamos a hablar sobre nuestros respectivos exámenes cuando fui llamado, había llegado mi turno. Entro y veo en el panel a Jorge Ayala Blanco, pero no hago expresión alguna sobre mi sorpresa, la entrevista fue francamente sosa, malas preguntas y peores respuestas, algún idiota del panel me increpó airadamente recriminándome donde iba yo a dormir siendo de Aguascalientes (como lo dije, un idiota), lo confieso, al salir de ahí, deseé no ser admitido.

La tercera fue para ingresar a laborar en un proyecto nonato llamado bitácora social, trabajo en el cual me pagarían aparentemente bien por dedicarme a una de las tres cosas que más disfruto en la vida: pensar (las otras dos, por supuesto, son coger y divertirme). La cita fue en el Marriot de Reforma, esperaba en una banca, a mi lado, solamente había cuadros, pronto fui llamado, había llegado mi turno. Tres personas aparentemente amenas me recibieron (un cuarto se sumaría después), me pidieron que les hablara de mí, misión imposible, pedirle a la persona que nunca habla de sí que se describa, a quien se sabe indefinible, que se defina. Me mencionaron que obtuve el mejor puntaje en el examen, pero fue contraproducente halagar a quien siempre ha sido humilde con sus “logros” (al menos, eso creo de mí, que soy humilde). No sentí la entrevista tan parca, pero ellos sintieron lo contrario.

Me entristezco mas no me desespero, sé que tarde o temprano (espero que lo segundo) me llegará una cuarta entrevista, sé también que algo tengo que cambiar, tres rechazos no son coincidencia, algo estoy haciendo mal, quizás, es hora de dejar en el buró las memorias de Gore Vidal y empezar a escribir (verborreicamente) mis propias memorias.

23 de febrero de 2010

You can´t see me


En algún borroso recuerdo que guardo del quinto grado de primaria, un compañero pegó por devoción el póster de un luchador en la pared del aula escolar, bastó con ese acto aislado para que en un santiamén la pared entera quedara tapizada con múltiples afiches de diversos enmascarados. Una sola constante: todos los luchadores exhibidos en aquel collage eran mexicanos.

El seguimiento que se le da a la lucha libre en este país ha sido durante años una de nuestras más bellas estampas culturales, no solo hablamos de un montón de películas de inconcebible culto, de leyendas como El Santo, Blue Demon y el Cavernario Galindo, hablamos también de profesores del quinto grado de primaria que platican amenamente con sus alumnos sobre las leyendas de la lucha libre nacional; de un luchador que sin pruebas de por medio, pero totalmente convencido, sostiene que la lucha libre es el segundo deporte más popular en México (le creo); de unos niños que hasta hace no muchos ayeres escenificaban coreográficas luchas en los cruceros de la ciudad de Aguascalientes a cambio de unas cuantas monedas; de un Octagón que, en notorio estado de ebriedad, le exige a la antialcohólica que no lo detengan porque él es ni más ni menos que … ¡Octagón!

Pero algo está ocurriendo, noto un cambio que creo, no es ni una simple coincidencia, ni una obsesiva fijación de mi parte. He descubierto con la mirada que los niños prefieren ahora las playeras de John Cena, las portan con orgullo … y no son pocos.

Ahí no termina la creciente fiebre por la WWE (siglas de la empresa de lucha libre dominante en Norteamérica), existen más muestras de ello: al menos un cine en esta ciudad anuncia magnánimamente la transmisión de los eventos pay per view (a precios elevadísimos, por cierto) en sus salas cinematográficas; en los puestos de revistas los pósters de los luchadores mexicanos, de a poco, han sido desplazados por afiches de musculosos luchadores norteamericanos, se venden también pulseras, collares y, obvio, la anaranjada playera de John Cena; si algo no ha desaparecido de nuestra cultura luchística son las máscaras y, me temo, ello se debe a que en la WWE los luchadores no utilizan máscaras.

La lucha libre mexicana está perdiendo su arraigo a pasos agigantados, pruebo de ello fue el rotundo fracaso de la cinta AAA, la película, sus productores esperaban una recaudación de 80 millones de pesos y la semana de su estreno no recaudó siquiera los tres millones; en Aguascalientes su paso fue fugaz y se estrenó únicamente en una sala de cine. Algunos argumentarán que la lucha libre es un elemento secundario en este momento en el que tenemos otras prioridades, a ellos les recuerdo las palabras de Carlos Monsiváis: “La lucha libre en México […] un reducto popular donde se encienden y tienen cobijo pasiones inocultables; ídolos que lo son porque muchos pagan por verlos […] pasión gutural y visceral por los “rudos” y admiración dubitativa por los “científicos”; espectadores levantiscos que gritan ‘¡Queremos sangre!’ tal vez para imaginarse los sacrificios en el Templo Mayor; nombres que representan gruñidos de la rabia escénica y el estruendo sinfónico de la caída de los cuerpos”.

Héctor de Mauleón escribió en su libro El tiempo repentino una formidable crónica sobre Black Shadow titulada La lucha del siglo, el testimonio de cómo una de nuestras grandes leyendas de la lucha libre terminó sus días sobreviviendo como vendedor ambulante, alejado por completo de la gloria que algún día tuvo: “Alejandro Cruz, el vendedor ambulante, se pone a acomodar artículos sobre la manta y entonces Black Shadow vuelve a convertirse en una sombra”. Es triste leer como Black Shadow terminó sus días de una manera opaca, sin el lustro de su brillante carrera deportiva, pero más tristeza da el atestiguar cómo estamos haciendo lo propio con nuestras tradiciones, herencias culturales de las que decimos sentirnos sumamente orgullosos, y sin embargo, poco nos empeñamos en conservarlas, hoy volteamos nuestras miradas a los cuadriláteros de la WWE, dejando los nuestros en el olvido.

20 de febrero de 2010

Para defender al Pato Donald


La cruzada moralizante ha dictado su sentencia: son los medios de comunicación, en especial, el televisor, los principales culpables de la decadencia en la cual se encuentran sumidas las sociedades contemporáneas.

De manipuladores de cerebros a instrumentos para consolidar el colonialismo, actualmente se culpa con saña a los medios de comunicación de gran parte de los males que actualmente nos aquejan: si entre nuestro infantes priva la obesidad, alguno sugiere que se debe a que en los medios se anuncian sin restricciones engordantes e irresistibles golosinas; si las sociedades se han vuelto sanguinarias, un psicólogo afirma que ello se debe a que crecimos bajo una violenta doctrina cinematográfica dictada por Vin Diesel; si la sociedad se ha tornado acrítica y pasiva, un radical afirma que ello se debe a que la televisión nos mantiene idiotizados (a todos, menos a él, por supuesto) con noticias tan intrascendentes como el reciente caso de Salvador Cabañas… no realicé investigación alguna, sencillamente fui tropezando con estos análisis en el transcurso de la semana.

El televisor es el blanco predilecto de los señalamientos esgrimidos por la cruzada moralizante, lo es debido a que la humanidad parece haberse rendido por completo ante su innegable atractivo. Los Simpsons han sintetizado mejor que nadie este fenómeno, capítulo tras capítulo, los integrantes de la casa amarilla terminan sus actividades académicas, domésticas y laborales para matar el tiempo libre de un único modo: frente al televisor.

Por paradójico que resulte, ahí donde se cimienta el sólido poder de los medios, ahí se originan también sus agrietamientos. Las audiencias son masivas, se produce por ende un inevitablemente diálogo entre ellas que conduce en ocasiones a la crítica. El problema no es que la cruzada moralista sobreestime el poder de los medios de comunicación, pues el poder de éstos es incuestionable, el problema es que se desestima por completo la capacidad crítica de las audiencias, capacidad que se inicia desde algo tan simple como la selección de los programas televisivos. Por ejemplo: en días recientes se transmitió el Super Bowl simultáneamente por diversas cadenas de televisión, el ejercicio de selección es un sutil ejercicio crítico, la audiencia seleccionó según sus propios criterios, entre las diversas opciones optó por la que creyó más conveniente, señal inequívoca de que no solo privan los contenidos, también influyen las formas, el público es indudablemente heterogéneo.

En los hogares se ejerce la crítica televisiva, los argumentos hogareños podrán ser calificados de amateurs, débiles y frágiles, son opiniones que no se sustentan en teorías sociológicas, apelan únicamente al gusto personal, pero inclusive en esa trivial degustación se encuentra un atisbo de espíritu crítico. Solo la cruzada moralista, tan empeñada en su lucha contra los medios de comunicación, termina socavando a las audiencias al nivel de un rebaño siguiendo dócilmente a su pastor.

Es innegable como algunos medios de comunicación se extralimitan obscenamente, han amasado fortunas y amansado conciencias (políticas, sobretodo) gracias al atractivo y al poder que se deriva de la comunicación de masas, utilizan sin ética alguna un espacio que no les pertenece (se les concesiona), y claro, se transmite en ellos una multitud de programas más vacíos que nuestras carteras. Pero de este mal actuar, no es culpable el medio, sino quienes lo utilizan para lograr un fin.

El paralelismo entre quienes actualmente abanderan la cruzada moralista en contra de los medios de comunicación, y el planteamiento que Ariel Dorfman y Armand Mattelart hicieran en su clásico Para leer al Pato Donald es evidente. Ambos cruzaron la frontera de la crítica para introducirse de lleno en una improductiva satanización de los medios.