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4 de julio de 2009

Divagaciones # 13 ... hagamos una porno

Jugaba con amigos y algunos cuantos desconocidos, ese juego que irradia hipocresía y sinceridad por igual: el “Yo nunca”. Fiel a mi costumbre –no me gusta enterarme de los secretos de las personas a menos que éstas quieran contármelos-, las preguntas que un servidor realizaba eran sumamente infantiles: “Yo nunca le he sacado la lengua a alguien”, “Yo nunca he cometido el acto anárquico de usar zapatos sin haberme puesto antes calcetines”… ante la clara ñoñes con la cual interrogaba, empecé a percibir un murmullo que me condenaba, cuando seguía mi turno la gente –más que nadie, los desconocidos- vociferaban: “osh, aquí viene otra pregunta tetísima”. Fue en una de esas, cuando harto de la falsa etiqueta con la cual se me identificaba, decidí hacer una pregunta demasiado personal: “Yo nunca me he grabado con un celular –aclaré- mientras sostengo relaciones sexuales”. Aquello fue el acabose, en centésimas de segundos pasé de ser el teto al depravado y perverso maniático sexual.

Días después fui al cine a ver Hagamos una porno. La película en realidad no narra la intimidad de la alcoba, trata más que nada sobre un puñado de fracasados que, ante diversas frustraciones –económicas en su mayoría-, deciden aventurarse en el mainstream de la industria pornográfica. En el clímax de la película, sus dos protagonistas tienen que fornicar ante la cámara pero terminan desentendiéndose de ésta, sostienen relaciones no para el potencial espectador sino para ellos, como dirían los románticos: hacen el amor en el sentido más cursi de la palabra.

Si el acto de consumir pornografía es un acto masturbatorio y personal –copulatorio y en pareja en ocasiones-, el crear pornografía casera es un acto tan íntimo que aparentemente no se debe de comentar –al menos que seas famoso y que tu ex-pareja busque hacerse de unos cuantos centavos divulgando el video en cuestión-. En Hagamos una porno, por ejemplo, el equipo que filma y atestigua al par de protagonistas mientras hacen el amor, se preguntan si aquello debiera de ser publicado, cierto, lo hacen en primera instancia porque la dosis de erotismo es tan nula, que saben que dejará insatisfecho al habitual consumidor de pornografía acostumbrado a altas dosis de sadismo, pero en el fondo lo hacen porque saben que aquel fue un momento tan íntimo que debiera de resguardarse únicamente en el recuerdo orgásmico de sus protagonistas.

Creo que aquel día que jugábamos “Yo nunca” mi pregunta no fue muy fuerte, fue sencillamente muy íntima como para ser develada en un juego tan exponencial. Creo que más de alguno de aquellos que “condenaron” mi pregunta se han filmado sosteniendo relaciones, o al menos, ganas no les han de faltar.

20 de mayo de 2009

Divagaciones # 12 ...el ego como ardid publicitario

Me enteré de ello el lunes. Lars von Trier olvidó su modestia (desde hace mucho, creo yo) y no dudo en proclamarse “el mejor director del mundo”. Lo suyo fue un acto de soberbia, pero a la vez, una gran mentira, pues el danés no es ni siquiera un gran director de cine, salvo Europa, el resto de sus películas podrían resumirse como: guiones confeccionados por Silvia Pinal, pero eso sí, con una puesta en escena bastante vanguardista.

Sus declaraciones son una prueba irrefutable su ego, pero sobretodo, son un atinado ardid publicitario. Las duras críticas que recibió su más reciente película fueron prontamente sofocadas por su lenguaraz ocurrencia.

Pero el ego no es algo reservado en exclusiva para los supuestos genios, se le puede encontrar en varias almas: está por ejemplo aquel buen amigo mío, desesperado porque desde hace tiempo no encuentra pareja alguna, mujer a quien conoce, mujer a la que le presume su vida, la estabilidad de su empleo, su carro nuevo, lo estrambótico de sus gustos musicales, la hilaridad de su humor, en resumen, no se cansa de describirse a sí mismo como el hombre ideal; o aquella fémina que contemplé embelezado hace un par de semanas, exhalaba con fuerza el humo del cigarrillo, sorbía su café con la delicadeza con la que una primeriza intenta succionar un pene, cruzaba con fuerzas sus piernas, no temía mostrar a través del escote que vestía la firmeza de sus senos, se percató de mi mirada pero al parecer la sintió tan insignificante como la mirada de un mosquito, se sentía tan superior a mí; también está aquel senil viejecito a quien me encuentro con frecuencia en la tienda de abarrotes, escucho con paciencia (que debo de confesarlo, a veces la pierdo) sus historias, me cuenta que hace varios ayeres él hizo y deshizo cuanto quiso, conoció a un titipuchal de gente importante, se hizo de mucho dinero pero lo perdió todo por culpa de malas amistades y peores gobernantes, quizás el viejecito que tengo frente a mí hoy esté conformado por huesos afectados por la osteoporosis y una piel más agrietada que las carreteras federales, pero en el pasado fue alguien de suma importancia, o al menos, eso es lo que él me cuenta con orgullo.

Algún ego hemos de poseer cada uno de nosotros, estoy convencido de que alguno he de tener yo, pero lo desconozco o sencillamente me hago el tonto, ¿por qué?, mi hipótesis radicaba en que el egocentrismo se puede apreciar con claridad desde las afueras pero que es difuso y opaco desde nuestros adentros. Después de la ocurrencia de von Trier lo dudo mucho, creo que el ego puede disfrazarse de diversos modos, el ardid publicitario, el llamar la atención, es uno de ellos, uno de los más frecuentes... y no creo que se trate de un acto involuntario.

29 de abril de 2009

Divagaciones # 11 ... la sociedad del morbo

Eran alrededor de las siete de la tarde, mis amigo y yo nos encontrábamos en playa Chacala, platicábamos y bebíamos vino con lentitud (la cerveza, se nos había agotado), nos percatamos de que no tardaría en oscurecer y decidimos partir rumbo a Sayulita -donde nos encontrábamos hospedados-. Nos levantamos mostrándole sin disimulo al resto de los bañistas nuestras amigajonadas anatomías, recogimos la basura, la hielera, nuestra sombrilla y nos disponíamos a abandonar el lugar cuando observamos que, sin disimulo, la gran mayoría de la gente (por no decir que toda) volteaba (algunos incluso corrían) rumbo a determinada dirección.

Voltee, y a la distancia, pude observar a un par de policías con poderosas metralletas –¡no mames!, ¿habrán atrapado al “Chapo” Guzmán?, ¿aquí en Chacala?-. Pero como mi vista es más bien magra, preferí ver el mórbido espectáculo que tenía a unos cuantos metros de distancia: señoras que toda la tarde estuvieron arranadas en una silla, ahora podían levantarse como por acto de magia; los hombres que nunca se despegaron de su cerveza, ahora la menospreciaban; los niños, que tardaron todo el día en levantar castillos de arena, se daban cuenta de lo infame de sus creaciones y preferían ver el espectáculo que captaba la completa atención de sus padres; los meseros, que tan amablemente nos atendieron a lo largo del día, no se aparecían ni para recoger su propina… debo de admitir que no escuché teorías sobre lo que ocurría a la distancia, pero estoy seguro de que no habrán faltado: o una pareja copulando en la playita, o un hippie vendiendo drogas, o vaya-usté-a-saber.

Recuerdo esto que viví hace aproximadamente tres semanas, porque ahora escucho y leo voces que culpan al gobierno y a los medios (pocos culpan al rumor) de provocar histeria colectiva. ¡Joder!, cuando van a asumir los mexicanos las consecuencia de sus propios actos, nadie los está obligando a seguir paso a paso la evolución de la influenza porcina (¿mexicana?), si están obcecados con las noticias que se ofrecen por Internet, periódicos, radio y televisión, es o porque quieren estar informados (lo dudo), o por simple morbo (lo firmo). Ejemplo: a algún blogger (cuyo link omito, por supuesto), se le ocurrió una genial idea: lanzar una convocatoria para determinar el número de petateados que dejará la influenza en México. ¿Es eso información?, ¿es morbo?, ¿o es que sencillamente carezco de sentido del humor?

Aquella tarde en playa Chacala, estábamos subiendo nuestros triques al carro cuando vimos pasar a media docena de policías, custodiando a un morro descalabrado y sangrando acompañado de su (supongo) novia lloriqueando y moqueando. Eso fue todo, a un güey le dieron un botellazo, y la policía y la pareja andaban en búsqueda de los victimarios. Casi la totalidad de los turistas dejaron a un lado sus actividades para contemplar una pelea más –nada nuevo, todas las peleas tienen más mirones que contendientes-. Lo mismo ocurre ahora, nuestras vidas prácticamente se han paralizado por la aparición de un virus, ok, debemos de tomar nuestras precauciones, pero no dejemos maniatarnos por un tema, hay más cosas en la vida.

Algunos han bautizado a este fenómeno como la sociedad del espectáculo, patrañas, es la sociedad del morbo. Recordemos que el ama de casa está más al pendiente de los romances de la artista de Televisa, que de la telenovela que actualmente protagoniza.

23 de abril de 2009

Divagaciones # 10 … la urbe del anonimato

En el más reciente viaje que realicé al jocoso defecoso, aumentó mi sensación –por lo demás, siempre latente- de saberme miserable e insignificante en el seno de una ciudad cuya extensión parece no tener fin, ni siquiera en el Guía Roji.

Sin embargo, pude percatarme con alivio, de que esta alma en pena no era la única que se encontraba en tan desdichada situación. No era mi condición de extranjero lo que me hacía miserable sino mi condición de human being. Es que en el jocoso defecoso resulta hartamente vulgar eso de ser human being, con eso de que hay tantos.

La característica más notoria de lo que aquí estoy disertando ha de ser la ausencia del murmullo, el jocoso defecoso está plagado de sonidos, pero el murmullo, no es uno de ellos. La conversación entre los defeños está reservada, en exclusiva, para con los conocidos, por ello, no resulta gratuito el que una gran cantidad de peatones caminen luciendo audífonos en sus oídos, sabedores de que en su trayecto no lidiaran con conversación alguna, prefieren andar al compás que les dicte la música.

El contraste con lo que viví el sábado pasado, fue notorio. El sábado pasado acompañé a un amigo a la misa con la que se conmemoró el primer aniversario luctuoso del fallecimiento de su padre. La Iglesia Católica y yo hace tiempo que nos divorciamos, pero no por ello voy a negar que el obispo que ofició la misa nos ganó a todos –obispo no de Aguascalientes, sino de algún lugar de Oaxaca, de donde es oriundo mi amigo-. Desde el comienzo de la liturgia, dándose su tiempo para poder saludarnos a todos los concurrentes estrechándonos la mano, hasta finalizada ésta, vivimos los ahí presentes un rato por demás agradable, no sentimos tomados en cuenta –ni estoy exagerando, ni estoy siendo cursi, así lo comenté con mis conocidos y todos ellos concordaron-.

Recuerdo muy bien el último día de mi breve estancia en el jocoso defecoso. Viajando en metro quedé prensado por una puerta, lidié por aproximadamente diez segundos con tan incómoda situación, durante ese tiempo nadie pareció percatarse de mi apuro, ni esperanzas de que alguien me tendiera la mano como me la tendió aquel obispo inolvidable. Después de liberarme, ocupé en silencio mi lugar en el vagón … aquel día me sentí más anónimo que nunca.

5 de marzo de 2009

Divagaciones # 9 … las fotos con celebridades

Veía el otro día un capítulo de los Simpsons de esos que uno puede llegar a ver más de cien veces y no pierden una pizca de su eficaz comicidad. Total, lo que me llamó la atención fue esta secuencia: Bart Simpson acude entusiasmadísimo a una firma de autógrafos en la cual estará presente ni más ni menos que su ídolo Krusty, cuando le toca su turno el payaso le requiere a Bart su nombre y éste extrañadísimo le responde que él es ni más ni menos que el mismísimo Bart Simpson, y resume brevemente la larga historia que les une: él es quien le ha salvado de ir a la cárcel, quien ha relanzado con éxito su carrera artística, el que ha logrado reunirlo con su padre… Krusty parece no recordar, ni remotamente, ninguno de los citados acontecimientos, le obsequia un apresurado y mecanizado autógrafo e inmediatamente después hace pasar a quien le sigue en la fila.


Aquella secuencia me llamó la atención, entre otras cosas, porque divagando por el facebook, hi5 y demás redes sociales, me topé con algunos contactos –no todos, ni siquiera la gran mayoría, pero sí algunos- que muestran con orgullo las fotos que han logrado tomarse con algunos cuantos famosos, incluso me he topado con algunos especímenes que solamente suben las fotos que se han tomado junto a celebridades, el resto de los mortales no tienen cabida dentro de sus álbumes fotográficos.


Dicha actitud me parece irrisoria. Ok, comprendo perfectamente el que alguien tenga un ídolo máximo, que logró conocerlo por azares del destino algún día, que se tomó una foto con él o ella para inmortalizar el momento en el cual ídolo y fanático estuvieron a la misma altura, y que haya decidido mostrarle al mundo la evidencia fotográfica de su triunfo personal. Pero ello dista mucho de la enfermiza actitud de quienes buscan a toda costa la foto con el famoso, no importa que se le idolatre o no, lo importante para estos enfermos es que el personaje es un famoso y hay que tomarse una foto con ellos para presumirla después, presumen así como un triunfo lo que para la celebridad fue un momento desechable. Aquello ya no me parece risible sino lamentable.


Nunca he sido asiduo posando para las fotografías, tengo en realidad muy pocas, ninguna con algún famoso. Recuero que en mi tierna infancia me tomé fotos con un futbolista y un torero de quienes ya no recuerdo ni sus nombres. Si algún día pudiera recuperar fotos extraviadas de mi infancia, las que me tomé junto a aquellos deportistas anónimos no entrarían dentro de mis prioridades.

17 de enero de 2009

Divagaciones # 8 ... el trago amargo

El día de ayer me cuestionaba un amigo sobre un pequeño dilema, pero dilema al fin, que tiene en su vida. Al escucharlo comprobé que una de las bifurcaciones en las cuales se divide su encrucijada le incomoda amargamente.

Ayer también, fui con unos amigos a disfrutar del fin de semana, llegamos a un bar y pedí una cerveza de esas que les dicen "de a litro" -que en realidad traen menos de un litro-. Conforme ingería la cerveza un extraño sabor amargaba mi lengua y mi garganta, no le hice mayor caso al inconveniente pero llegó el un momento en el cual el sabor amargo se mezcló con un olor insoportable y aquello terminó por fastidiarme.

Incrédulo, pasé entre mis amigos el vaso de supuesta cerveza y les pregunté si aquello no les olía o les sabía a jabón, a lo que todos me respondieron afirmativamente. El problema pues no era mío sino del brebaje. No reclamé, sabía muy bien que la mesera no tiene la culpa de ello, simplemente no volveré a acudir a un lugar donde no solo reciclan los vasos desechables -algo en sí mismo desagradable- sino donde incluso los reciclan mal.

Siempre he sido, hasta cierto punto, especial con lo que ingiero: nunca tomo té, sencillamente no me gusta; evito a toda costa el tequila pues me embriaga demasiado; ingiero lo menos posible el vino de mesa, me seca la boca.

Evitaré de ahora en adelante ir a un bar en el cual no saben lavar vasos desechables. Espero que mi amigo evite una situación que sabe amarga de antemano. Es que no hay peor sensación en esta vida que la de un trago amargo.

26 de diciembre de 2008

Divagaciones # 7 ... el error en carne propia

Algunos cuantos días atrás (no más de tres o cuatro semanas atrás), me encontraba en casa de uno de mis mejores amigos a altas horas de la noche y ligeramente alcoholizado. La novedad aquel día radicó en la plática, no hablábamos ni de asuntos laborales, ni de la camaradería, ni de deportes, ni de las escasas mujeres que pueblan nuestras vidas... departíamos sobre nuestros padres.

¡Oh sí!, los padres de mi amigo cruzaban por esa etapa que todos los padres de familia viven alguna vez en su vida: la crisis matrimonial. Pero la novedad aludida anteriormente no radicaba en ello, ya que, como lo enfaticé atrás, todos los matrimonios entran alguna vez en crisis. Lo realmente novedoso fue el que mi amigo comenzara a platicarme sobre, los que él cree, son los errores de su padre como padre, no eran frivolidades las que me enumeraba, me hablaba sobre las cosas que su padre nunca le enseñó o aquellas que le enseñó erróneamente... tras algunos minutos en los cuales perfectamente me di cuenta de que lo que mi amigo buscaba era el desahogo, intervine con uno de esos discursos plagados de buenas intenciones pero completamente alejados de la realidad, sin embargo, entre tanta postura políticamente correcta creo que le dije algo que valía la pena: que se juzgara como hijo con la misma lupa con la cual juzgó a su padre.

Sé que mi discurso cursi y empalagoso se esfumó más rápido que la resaca del día siguiente, aunque debo de decir, con cierta alegría, que en estas fiestas decembrinas vi a los padres de mi amigo juntos y contentos.

Y así como los padres de mi amigo sufrieron su crisis, mi círculo de amigos vivió también algunos conflictos este año, no pasa desapercibido el que en nuestras más recientes reuniones queden algunas sillas vacías, aunque por otro lado, otros volvieron a ocupar aquel lugar que en alguna ocasión dejaron vacante.

La semana pasada regresábamos de una fiesta un amigo y yo en el coche de éste, me preguntó si me había enterado de que tuvo algunos problemas con fulanito, le dije que sí y que qué pensaba hacer al respecto, ¿hablaría con fulanito o dejaría que el tiempo sanara las heridas?, me respondió que esto último. Hace poco, también a altas horas de la noche (sí, la farra ha estado con todo últimamente), hablaba con mi amigo Cristian Mujica, la amistad entre nosotros se deterioro básicamente por mi culpa, lo acepté, lo acepto y espero que algún día la herida que muestra una costra de sangre seca cicatrice por completo. Cuando algo tan importante como lo es una amistad esta en juego, bien vale la pena aceptar y enmendar los errores que hemos cometido, más en estas épocas navideñas en las que a muchos se les ablanda el corazón.

14 de noviembre de 2008

Divagaciones # 6 ... revolución en primera persona

"Revolución, lo que hace falta es una revolución" ... ayer cantaba dicho coro en un bar y me puse a reflexionar -sí, a reflexionar en un bar- acerca de la película que había visto el día anterior: Camino salvaje dirigida por Sean Penn.

La cinta me pareció infumable, es de esas que "te dejan un mensaje", y ese tipo de cine expira más rápido que un pañuelo desechable. Sin embargo he de aceptar que me he puesto a pensar en este chico llamado Chris McCandless, quien odia el materialismo -lo dice abiertamente un millón de veces a lo largo del metraje- y para confrontarlo inicia una atípica revolución individual: un recorrido que culminará en las entrañas de la Alaska salvaje.

No crean que estamos ante el Jack Kerouac del siglo XXI, no, no, Chris McCandless es simple y llanamente un evangélico, no anda en busca de aventuras, en su travesía él predica cual Jesucristo -no exagero, un personaje osa compararlo con el altísimo-. Persona a la que conoce, persona a la que le reza su discurso anticonsumista y persona a la cual toca hondamente.

Sin embargo, la suya es una revolución estéril. Toca hondamente, afecta, pero no evoluciona ni revoluciona a nadie, no camina de la mano del prójimo sino delante de ellos, la suya no es una revolución de masas sino la de un ser que se cree iluminado y por ende superior al resto de los mortales. A raíz de ello su cosecha resulta manceba, las personas que le conocieron guardan gratos recuerdos de él, pero en el fondo su objetivo era transformarlos, fracasó; para consigo mismo quería erguirse como el personaje diferente y terminó sucumbiendo en una aventura que de la que no se rescata ningún propósito edificante, puro idealismo.

El tropiezo de alguns revolucionarios es creerse que ellos son la revolución y no parte de.

31 de octubre de 2008

Divagaciones # 5 ... la estética de la crisis

El día de ayer decidí darme una vuelta por el centro de mi ciudad, lugar al que acudo cada vez con menor frecuencia, y a un dizque muy moderno centro comercial que queda cerquita de mi casa.

Una de las cosas que me llamó poderosamente la atención fue la estética de los locales comerciales. O soy muy nostálgico, o mal no recuerdo que para estas fechas anteriormente los locales eran invadidos por telarañas artificiales, brujas, calabazas, frankesteins, calaveritas, dicromático papel mache anaranjado y negro… Tim Burton aparentaba ser el diseñador de interiores de la ciudad entera.

Ayer, sin embargo, no encontré nada de esto, el tiempo aparentemente se detuvo en una fecha desconocida, la estética luce insabora, inodora e incolora, no hay cabida para el festejo ni para el espanto, el temporal luce atemporal, creo yo que ayer presencie los efectos estéticos de la crisis.

1 de octubre de 2008

Divagaciones # 4 ... ¿pasivos?

En la portada de diversos diarios nacionales aparece la siguiente estampa:




Debido a que "el gobierno no había atendido las demandas agrarias de sus representados", el dirigente campesino Ramiro Guillén Tapia decide -en su desesperación al saberse ni atendido ni escuchado- prenderse fuego frente al palacio de gobierno como peculiar método de protesta.

La pasividad es notoria. La nota de El Universal titulada: Se inmola líder agrario, hace eco de la inmolación, no de sus demandas; La Jornada cabecea: Intenta inmolarse líder indígena en Veracruz; reclama solución a disputa por 200 hectáreas, ésta al menos, resulta más extensa en cuanto a hacer públicas las demandas del inmolado.

Pero es en la fotografía donde puede apreciarse con claridad nuestra pasividad frente a la desgracia ajena. Quienes no observan mórbidamente desde la lejanía de un balcón, contemplan impávidos el espectáculo a uno escasos metros; otros eluden la barbarie y deciden pasar de largo, darle la espalda a la antorcha humana o seguir en su conversación como si no les inmutara el mundo que les rodea. Nadie socorre, nadie ayuda, nadie aparentemente saca su celular para hablarle a la Cruz Roja...

Para la revista Parteaguas No. 13 Morris Berman escribió un interesantísimo artículo titulado: Cómo salir de Irak o el futuro del imperialismo norteamericano, el cual desafortunadamente no se encuentra online. En él formula la hipótesis de que es la soberbia, la altivez del ciudadano norteamericano que no respeta los derechos de sus conciudadanos, lo que llevó a los Estados Unidos a la crisis que actualmente sufren. Me temo que acá en México, si seguimos así de pasivos ante nuestras desgracias ajenas y/o colectivas, muy pronto nos cargará las tiznada.

24 de septiembre de 2008

Divagaciones # 3 ... ¿expectativas?

Desde hace un par de semanas se exhibe en una insípida plaza de Aguascalientes un curioso armatoste que muestra en sus orgullosos números color rojo escarlata un conteo regresivo. Más de setecientos días son los que nos separan de la meta, el 15 de septiembre de 2010, fecha en la que conmemoraremos el bicentenario de nuestra Independencia.

Junto al curioso armatoste –del que existen diversas variaciones regadas por todo el país, una de ellas en el Zócalo capitalino- nos ha llegado también: La ilusión y posterior desilusión de una fastuosa torre del bicentenario, el banderazo de la línea 12 del metro que se apodará (créanlo o no) bicentenario, una revista, concursos de ensayo histórico, un montón de chucherías... y lo que falta.

Pero... ¿realmente existe, ya no digo un espíritu festivo, sino siquiera expectativas por llegar a la gran fiesta del bicentenario?. Creo que no.

29 de agosto de 2008

Divagaciones # 2 ... las molestas páginas en blanco

Terminé de leer la revista Replicante e inmediatamente sentí cierto vacío, algo me faltaba, algo andaba mal, algo no me cuadraba... volví a revisar la portada -muy buena por cierto- y me percaté de que no recordaba haber leído el anunciado –y por mí esperado- ensayo de Naief Yehya (¿demencia?), revisé mi revista y... o sí... ¡le faltaban 16 páginas!.

Me dirijo al Sanborns presto a reclamar el desperfecto, recibo un trato afable, agarro otra revista y ¡zaz!, ¡tampoco contenía las mismas 16 páginas!, ¿qué pedo?, ¿acaso se están burlando de mí?... ya más por devoción que por otra cosa tomé otro ejemplar y... ¡por fin!, la revista íntegra y completita.

Cuando regresaba a mi casa recordé la cantidad de libros que he adquirido con hojas en blanco o faltantes -nunca me había ocurrido con una revista-: La niebla, La guerra de los mundos, Cuadernos de estudios cinematográficos 12... que enorme dolor de cabeza resultan para nosotros los lectores dichas lagunas provocadas por desperfectos de encuadernación e impresión.

20 de agosto de 2008

Divagaciones # 1 ... adjetivarse

Guillermo Ravaschino inicia su crítica de Un condenado a muerte se escapa así: "Un condenado a muerte se escapa debe ser el film cuya trama cabe más cómodamente en su título.".

Con Déficit, ópera prima de Gael García Bernal, ocurre algo similar, es una cinta que perfectamente puede adjetivarse con su título: Déficit es deficiente.

No es la primera vez que el cine mexicano intenta plasmar (deficientemente) la tremenda desigualdad de nuestras clases sociales mediante el relajo: El llanto de la tortuga, Fin de fiesta y con mayor fortuna Los caifanes, son ejemplo de ello... yo sigo esperando al valiente que adapte Se está haciendo tarde de José Agustín.