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9 de febrero de 2009

Chutando prioridades


Si algún ingenuo todavía tenía ciertas dudas sobre cuan escaso es el aprecio del cual gozan nuestros partidos políticos -y todo aquello que les rodea- entre la población, en el reciente vendaval provocado por la abrupta interrupción de las transmisiones de los partidos de fútbol tienen un claro ejemplo del tamaño de la apatía que buena parte de la ciudadanía tiene hacia las diversas agrupaciones políticas.


Dicen que la abrupta interrupción de la transmisión de la querella futbolera desencadenó airadas reacciones. Un servidor se sincera, no soy un ferviente seguidor del soccer, y debido a ello, no pude ser partícipe ni testigo de tan singular evento. Pese a ello, no es difícil deducir lo acontecido: miles de mexicanos se encontraban frente al televisor, algunos deglutían Sabritones, otros engullían un balde de palomitas de esas que se-hacen-de-volada-en-el-micro, la gran mayoría de seguro sostenían un envase de caguama en su mano derecha, algunos probablemente estaban enfundados en la playera de su equipo favorito, otros en su defecto, portaban algún pants -ante todo la comodidad en el fin de semana-. Aunque la pasión futbolera llega a estresar a más de uno, ésta es un usual calmante que ayuda a estimular el estrés acumulado a lo largo de la semana. Su pronta interrupción, el tener que padecer las falsas promesas de algún político en lugar del deleite provocado gracias al probable gol de Salvador Cabañas, debió de haber infartado a más de uno. En su búsqueda por el regocijo y la relajación, el aficionado se estrelló con una absurda y burda propaganda política.


Si algo consumimos en grandes cantidades aquí en México, además de tortillas, es sin duda fútbol. No es difícil apreciarlo, somos, por poner algunos ejemplos: el segundo país que más playeras de fútbol consume en el mundo, solamente somos superados por Brasil; semana a semana los raitings más altos de audiencia lo obtienen algunos partidos de fútbol; y en el colmo del fanatismo aciago, no son pocas las anécdotas sobre algún tristemente célebre samaritano que hubo a bien suicidarse debido a la derrota del equipo de sus amores en el clásico de clásicos.


Paradójicamente, uno de los más gratos recuerdos que me ha legado el fútbol se remonta precisamente a una interrupción. Aquel equipo que por desgracia hemos perdido, los Gallos de Aguascalientes, disputaban el campeonato de la primera división “A” en contra de los Venados de Yucatán, eran otros tiempos, no se transmitió el partido ni por televisión ni por Internet -al menos yo no tuve conocimiento de ello-. Todos los hidrocálidos escuchábamos en vilo la transmisión por medio del radio, los comentaristas eran realmente malos por lo cual los radioescuchas debíamos de esforzar al máximo nuestra imaginación, y de repente, ¡zaz!, la transmisión se perdió, los aguascalentenses nos quedamos anonadados y desinformados ¿Cómo nos enteraríamos de la suerte de nuestro equipo cuando éste se encontraba a un paso de la gloria?


Para el político es imposible provocar entusiasmo alguno entre los ciudadanos, obvio, se habla con cierta frecuencia sobre política, en ocasiones muy acaloradamente, pero generalmente se habla para mal. Es difícil encontrar entre nuestros recuerdos alguna conversación en la cual se idolatre a algún político, si acaso se le apoya. ¿Alguien recuerdo cual fue la última vez que vio el póster de algún político adornando las paredes de alguna casa? En casa de un amigo solo tiene cuadros de las chivas rayadas del Guadalajara, y el más importante, el que tiene mil autógrafos lo conservan, ¡claro!, en el mismísimo comedor. Pareciera que entre los mexicanos chutar un balón es más importante que sufragar en una elección.

28 de enero de 2009

La extinción de nuestras libertades


El título, ciertamente, es en extremo tremendista. Nuestras libertades no se están extinguiendo, pero sin duda, están siendo minadas. Basta con darle un breve vistazo a las noticias nacionales para percatarse de como nuestros políticos, ven en nuestras libertades, una perversión que debe de ser extirpada: Si el acoso sexual es incorregible las minifaldas deben de suprimirse de los closets; si los accidentes automovilísticos son demasiados, se propone el que no se expendan cervezas frías.


Hace algunas semanas, en algún lugar no-tan-recóndito de nuestro México, a cierto político se le ocurrió algo tan risible como preocupante: prohibir los besos olímpicos. Algunos temieron por el beso, airadamente protestaron y lograron su supervivencia. El cierto político, débil ante los poderes fáticos -como la gran mayoría de nuestros políticos-, retrocede y se redime: el lugar no-tan-recóndito de nuestro México es ahora por él proclamado como “la capital mundial del beso” y (¡oh hilaridad!) dicho mote supuestamente servirá para atraer a múltiples turistas besucones. Pero debiéramos temerle a otra cosa, debiéramos de temerle a la prohibición.


Como lo dije anteriormente, nuestros políticos, pese a seguir siendo poderosos están debilitados, logran amasar fortunas pero no logran concretar sus proyectos más ambiciosos. Sea por un congreso que no controlan, por la oposición de algún poderoso medio de información o por alguna protesta social incontenible, gran parte de sus proyectos se frustran irremediablemente.


Pero ellos continúan elaborando sus planes y en gran parte de ellos no se disimula ni el conservadurismo ni el totalitarismo, pensamientos que se han vuelto toda una moda entre nuestra clase política. En la lógica del neo-político mexicano todo lo non-grato debe de ser erradicado: al fumador se le impide el goce del tabaco en bares y restaurantes; al secuestrador se le condenará a muerte…


¿Y por cuánto tiempo el político mexicano seguirá siendo un político débil? Dispénsenme si peco de negativo, pero todo parece indicar que no son pocos los mexicanos ansiosos por tener un gobierno que logre sacarnos adelante, osease, un gobierno poderoso. Si ello significa el sacrificar algunas cuantas libertades tampoco son pocos nuestros compatriotas que están dispuestos a correr dicho riesgo.


Ejemplo de ello es el renacimiento del PRI. Ya ni el cómico más osado recuerda que en alguna época nos mofábamos de aquel partido político a grado tal que le apodábamos el RIP. El PRI encabeza las encuestas rumbo a las elecciones federales que tendremos este año. Pero el problema no es ese sino el saber porque las encabeza: el tricolor no va adelante porque se haya renovado, por el contrario, el PRI seduce a los electores por el recuerdo que produce en ellos: les recuerda los días en los cuáles las reformas se aprobaban ipso facto, los tiempos en los que no se jugaba a los policías y ladrones en las calles sino que estos pactaban en lo oscurito y así se lograba dar la imagen de un México tranquilo, la era en la cual la represión policiaca era empleada a mansalva como un efectivo método de disuasión.


Carlos Monsiváis decía que la retracción de cierto político en algún lugar no-tan-recóndito de nuestro México es “una derrota cultural de la derecha”. Me temo que erró, esto va más allá de una guerra de ideologías. Es una derrota de una clase política débil, clase política que no tardará en volverse poderosa gracias a un electorado ávido de políticos poderosos, los cuales, tendrán en la mira nuestras endebles libertades.

25 de enero de 2009

¿Cómo nos vemos?


Enrique Krauze publicó en Reforma un artículo que ha sido bastamente citado y comentado. Su preocupación: la imagen que actualmente se tiene de México en el exterior. Cito al historiador: “La revista Forbes asegura en un número reciente que México está a punto de convertirse en un ‘Estado fallido’. Además de falsa, la visión es injusta […] la falsa percepción de México como un ‘Estado fallido’ comienza a permear en los corredores de Washington al grado de que, al hablar sobre los sitios preocupantes del mundo, algunos altos funcionarios nos comparan (off the record, claro) con Pakistán”.

Pienso que sus preocupaciones son desmedidas, cierto, es importante la imagen que se tiene de nosotros en el extranjero, sin embargo, el mayor problema no radica en el cómo nos ven sino en el cómo nos vemos. Hemos sido totalmente incapaces de forjarnos una imagen –idearia, quizás, pero imagen al fin- de nuestro presente como nación. Se nos ha olvidado que la realidad no es un asunto que pueda manipularse para satisfacer los caprichos de las diversas percepciones.

Somos una nación sumamente insegura, nos asemejamos tanto a aquel adolescente que siente como el mundo se le viene abajo cuando se ve frente al espejo y se percata de que le ha salido una nueva y antiestética espinilla. El hecho de que Enrique Krauze haya escrito un artículo necesario, sí, pero con claros atisbos de desesperación, es un claro síntoma de nuestra inseguridad como nación.

Pero –y aquí voy a hacerle el juego a Enrique Krauze-, cuando hablo de inseguridad no estoy haciendo referencia a la oleada de crímenes que está azotando a nuestra nación sino a nuestro eterno complejo para definirnos. Juan Villoro decía atinadamente que un ejemplo de la poca fe que nos tenemos es nuestra porra cuasi-oficial: “¡Sí se puede!, ¡sí se puede!”. El triste saber que para poder debemos de darnos ánimos. No estamos seguros de cual es nuestra realidad, tan frágiles somos que nuestro estado de ánimo depende en gran medida de las noticias del día. Sabemos pues como nos sentimos pero desconocemos por completo quienes somos.

Leo en días recientes el como varios personajes aseguran que la crisis de inseguridad ha puesto en jaque a la población. Debo decir que quienes así lo hacen afirman clavando su vista en los periódicos y no la levantan para ver el México que les rodea. Que no se me malinterprete, no voy a negar la delicada situación por la cual atraviesa nuestra nación, pero de ahí a decir que nuestra sociedad vive en un estado de shock, hay una abismal diferencia.

Cierto, existen crónicas bien documentadas de días temibles en los cuales pueblos y ciudades enteras prefirieron resguardarse en sus casas convertidas en improvisados bunkers ante la amenaza o el rumor de cruentas y pirotécnicas balaceras que se llevarían acabo en dichos territorios. En su defecto, debo decir que las mencionadas situaciones son la excepción y no la regla.

El historiador se puso edulcorado al final de su artículo: “Concluyo con una nota personal. El domingo pasado comí en el centro y vi a las familias mexicanas caminar plácidamente por las calles, como hace siglos. Sé que esa paz tiene algo de ilusorio, pero aquellas caras mexicanas no engañan. No son inquilinos de este país. Llevan generaciones de habitarlo y amarlo. Debemos proyectar esas caras al exterior”. Concuerdo, la vida sigue su curso, la sociedad sabe que hay inseguridad pero no se siente insegura. Bares, cafeterías, escuelas, oficinas, parques, templos… todos ellos repletos a rebosar. La ciudadanía no ha bajado los brazos, sabe que su México está lejos de ser un “Estado fallido”.

17 de diciembre de 2008

¿Oponerse a qué?

En México la oposición partidista (entiéndase por ello, la de izquierda) vive momentos aciagos, más allá de aquellos sectores que supuestamente tienden al radicalismo o de sus insorteables divisiones internas, es su incapacidad para la negociación y el diálogo lo que la mantiene atascada. Dos aspectos a destacar: su incapacidad para tolerar las ideas, ya no digamos las ajenas sino incluso las divergencias que se suscitan bajo su propio techo; y su imposibilidad para hacer valer una fuerza en el congreso que nunca antes habían tenido.

El ejercicio de la oposición desde las trincheras de la política partidista (sea del color que ésta sea) resulta siempre un albur, usualmente lo que se busca no es la edificación, se busca destruir al rival para intentar reconstruir al país una vez afianzados en el trono. Siendo el protagonismo y la popularidad los ejes de la democracia participativa –en la cual, no en balde, gana quien más votos obtenga-, estamos sometidos a este tipo de comportamientos.

Cuando este tipo de oposición tiene problemas en su funcionamiento, existen otros sectores que debieran de ejercer la crítica objetiva sobre el partido político que se ostenta en el poder: ONG’s, intelectuales, periodistas…

Es este último sesgo al cual le deberíamos de prestar particular atención, pues creo que vive también momentos, si bien no aciagos, si definitorios. Veía el martes pasado el programa televisivo Espiral conducido por Ricardo Raphael y al cual se dieron cita tres periodistas, entre ellos los destacados Jenaro Villamil y Alejandro Páez Varela. El pretexto era comentar sobre un reciente libro titulado Los intocables.

Como su nombre bien lo indica, el libro trata sobre personajes de la vida pública, personajes con una amplia exposición en los medios de comunicación, de lo contrario, el libro no vendería, personajes que a su vez rompen la ley asiduamente y no son castigados, son inmunes, son intocables. El libro no es ninguna novedad, muy por el contrario, dicha actitud de denunciar exclusivamente a personajes de la vida pública se ha vuelto un lugar común dentro del periodismo de oposición, no me cree, vaya usted al Sanborns y verá la cantidad de libros que existen del mismo corte.

¿Sirve esto de algo? A mí en lo personal, sin parecerme una banalidad, sí me parece un periodismo que optando por la popularidad mediática desecha lo sustancioso, no se pude poner en tela de juicio la valentía de quienes denuncian con base al ejercicio periodístico bien ejercido a los Bibriesca, a Mario Marín, a Emilio Azcárraga… sin embargo los periodistas de oposición debieran de hacer algo más que denunciar al corrupto, si creen que su oficio culmina ahí los ciudadanos estamos en serios aprietos, los periodistas debieran también de darle seguimiento a los programas del gobierno, a sus políticas, a sus administraciones… hechos que afectan de manera directa la vida diaria de la ciudadanía.

Al retratar a los protagonistas de la vida pública como antagonistas los periodistas buscan también asirse de cierto protagonismo, nuestro pequeño héroe que con una lap top, una enorme dedicación y un montón de información logra desenmascarar las tropelías de gobernantes tiranos y empresarios embrutecidamente ricos. Cierto, es una labor invaluable, pero no es la única que debe de ejercer el periodismo de oposición, la farándula de la politiquita atrae al ciudadano pero escasamente le afecta, temas que al ciudadano le pasan desapercibidos y que le atañen directamente debieran de ser abordados por los periodistas. Un ejemplo: los intereses obscenos que están cobrando los bancos vía sus tarjetas de crédito, quien puso en la mesa de debate el tema no fue un periodista sino un empresario: Carlos Slim.

9 de diciembre de 2008

Humberto Moreira as Travis Bickle

Quizás ustedes recuerden aquella película que causó cierto impacto en la década de los 70’s: Taxi Driver. En ella su protagonista, Travis Bickle, decide llevar su discurso con tintes evangélicos de las palabras a las acciones, cansado de ver a diario el como una cantidad considerable de escorias humana infectan las calles de Nueva York se decide a limpiar éstas con sus propias manos, armándose hasta los dientes confronta y ejecuta a un grupo de padrotes que explotan las carnes de una indefensa adolescente.

Quizás también hayan escuchado en las noticias que el flamante gobernador de Coahuila, Humberto Moreira, se ha aventado la puntada de proponerle al Congreso de su entidad la legalización de la de la pena de muerte en contra de los secuestradores que maten o torturen a sus víctimas.

Si no ha visto la cinta y tampoco se enteró usted de la ocurrencia del gobernador coahuilense, al menos debió de percatarse del escandalazo que esta última provocó en los medios de comunicación: moneros, columnistas, bloggers, políticos, abarroteros… un elevado número de mexicanos queriendo ser partícipes del argüende del momento.

Que gasto tan innecesario de saliva y de energías, supongamos por un momento que llegara a aprobarse dicha medida –algo tan improbable como el que México llegue a ganar algún día el Mundial de fútbol-, sus consecuencias sería infructíferas. Que ilusos son, como si en México se capturaran a tantísimos secuestradores, como si nuestro sistema de justicia fuera recto, como si acá se aplicara siempre la ley con estricto apego a la norma escrita. Podríamos tener presente en nuestras leyes la posibilidad de aplicar la pena de muerte y nadie la aplicaría, como tantas leyes que si bien escritas, no se aplican en la realidad este país.

Ante la imposibilidad de proponer soluciones reales recurrimos a la vacilada, la imaginación se nos eclipsó y apelamos al lugar común de la justicia aciaga: la pena capital. No sé que es más triste, el saber que tenemos serios problemas en cuestiones de seguridad, o el ser concientes de que no tenemos ni la más remota idea de cómo resolverlos.

La oleada de violencia que azota al país está trayendo como una de sus lamentables consecuencias a gobernantes y opinólogos que, a sabiendas de que la ciudadanía está desilusionada y se siente impotente, no dudan en tomarle el pelo ofertándole propuestas de humo. Unos hacen de la propuesta un auténtico show business y los otros hacen de la denuncia una arenga mediante la cual pretenden solventar favorablemente viejos diferendos partidistas.

Quizás recuerden ustedes que como introducción traje a la memoria colectiva a aquel personaje cinematográfico llamado Travis Bickle. La ocurrencia de Humberto Moreira nos invita a todos a convertirnos en verdugos, el gobernador coahuilense cree que un festival de sangre nos revitalizará, piensa que el impacto de ver rodar cabezas en la plaza publica nos hará sentir seguros, cavila por su mente un pueblo mexicano sediento de venganza, ve como heroico y patriótico el acto de privar de la vida a un delincuente. Pero estamos lejos de ello, no somos un pueblo de Travis Bickles buscando justicia por medio de armas y balas, sencillamente queremos sabernos y sentirnos seguros.

3 de diciembre de 2008

La duda, el montaje y el Photoshop


Describiré brevemente una pequeña anécdota que aconteció en el lugar en el cual trabajo: uno de los trabajadores que laboran conmigo no tiene oportunidad alguna de accesar a una computadora, el suyo es un trabajo netamente físico, pero por azares del destino tuvo la oportunidad de entretenerse durante algunos minutos en una computadora. Se sentó y comenzó a teclear lentamente, aparentemente el resultado de su búsqueda por Google fue satisfactorio pues sonrió sonoramente, de inmediato nos invitó a todos los que estábamos a su alrededor a que atestiguáramos su descubrimiento: el video de Belinda que tan comentado fue durante el transcurso de la semana pasada. Lo que me llamó poderosamente la atención no fue el que todos accediéramos a ver el breve momento íntimo de una adolescente hecho público, sino los comentarios que se suscitaron, ninguno de los ahí presentes emitió comentario alguno sobre la anatomía de la expuesta, toda la tertulia se debatió entorno a la veracidad o no del video. Los argumentos no faltaron, desde el timbre de su voz hasta el tamaño de su seno, no se llegó a conclusión alguna más allá del escepticismo.

Pues sí, así de mal andamos, nos tenemos tan poca confianza que no atinamos a afirmar siquiera si un video es verídico o no. Entre nosotros todo se ha vuelto suspicacia, ir a denunciar un delito suele ser sumamente infructífero pues se tiene menores probabilidades de obtener alguna resolución favorable que el obtener alguna remuneración económica apostando en la ruleta, ahí está el ejemplo de Nelson Vargas: un padre de familia que asfixiado por la impotencia que siente expresa coléricamente que la inefectividad policiaca es el símil de “no tener madre”. Un otrora ícono de la fiabilidad ciudadana, como lo era el policía, es ahora puesto en duda.

Pero se tendría que ser sumamente ingenuo como para creerse que el problema de la falta de confianza recae exclusivamente sobre nuestras autoridades, por el contrario, es parte de nuestra cultura: el compañero de trabajo es poco fiable porque es dado a chismorrear, el esposo porque llega tarde a casa, el peatón aquel porque está atiborrado de tatuajes y seguramente ha de ser un ladronzuelo…

Hemos perdido la confianza en el prójimo, dudamos de las personas que nos rodean, la convivencia diaria se sostiene pero está infectada por la epidemia de la desconfianza, las relaciones no se han roto, quizás incluso éstas se hayan fortalecido, pero no es lo conocido lo que se ha puesto en tela de juicio, es lo desconocido lo que se ha vuelto dubitativo. En este contexto en nada nos favorece que diversos gobiernos estén lanzando una convocatoria a la población: denuncien al prójimo, sospechen del otro.

En una época en el cual lo que debemos de procurar es la cohesión social, nuestros gobernantes nos piden que nos fragmentemos. Para ayudarles a sacar adelante su chamba debemos de contemplar con ojos quirúrgicos al vecino, dudar del carro nuevo que se ha comprado, de sus ausencias, de las horas en las cuales arriba a su casa… los bancos pueden bostezar en las pesquisas de lavado de dinero pero el ciudadano debe de ser férreo para con el prójimo.

Actualmente vivimos afectados por un grave problema de desconfianza: pilares como la economía y la seguridad están fisurados y nos hacen temblar; en la vida diaria nos topamos ocasionalmente con personas que nos venden gato por liebre; como ciudadanos sorteamos la vida con gobernantes que mucho prometen y poco cumplen a grado tal que ya no les creemos absolutamente nada. Habitamos un México en el cual debemos de sortear dudas a diario, llegando a grado tal que no sabemos siquiera si el video de Belinda que circula por la Internet es real o no.

26 de noviembre de 2008

La fabulosa vida

El ejercicio del zapping, siempre satanizado, nos ofrece en ocasiones descubrimientos deslumbrantes. Uno puede toparse con una variedad de programas que van desde la orgiástica vida en la mansión playboy, en la cual un viejecito vive rodeado de tetas enormes y delineadas por unas circunferencias perfectas; hasta la transmisión de misas dominicales en directo desde el vaticano. Una de estas resientes conquistas con las que un servidor se ha topado es un programa llamado La fabulosa vida.

La estructura del programa es sencilla: una voz en off que se debate entre la galantería y la altivez se encarga de narrar la fabulosa vida de las celebridades –en la vida de las celebridades no hay cabida para las desdichas-; y algunos insufribles expertos en súper estrellas –una rara especie de periodistas que almacenan un montón de datos inútiles como el olor que despide la axila izquierda de Brad Pitt o la cena que le sirvieron al perro de Paris Hilton el día de acción de gracias-, hacen comentarios sobre la magnífica vida que se dan los artistas.

El programa es una especie de recorrido cultural mediante el cual se logran conocer las inmensas mansiones de la celebridades, sus parrandas costosísimas en las cuales supuestamente se derrocha sensualidad al por mayor, el trato que le dan a sus hijos mimados, los paradisíacos resquicios en los cuales suelen vacacionar, lo carísimo de las ropas que visten, las altísimas velocidades que alcanzan sus automóviles y bla bla bla…

El común denominador es siempre el dinero, las proezas de las celebridades consisten en gastar la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible, si se compran un reloj lo importante no es que tan útil sea éste sino que tan caro es, los comentaristas festejan todos sus despilfarros como si se tratase de algo regocijante: Puff Daddy gastó un millón de dólares en su fiesta de cumpleaños, ¡genial!; Donald Trump cinco en su boda, ¡maravilloso!; Madonna otro tanto en su jet privado, ¡increíble!.

¿Qué pasará con esta farsa después de esta crisis que nos tiene a todos planteándonos preguntas y para la cual no hemos encontrado respuestas?, ¿Qué pasará con este american way of life que tan bien nos vendieron los norteamericanos?

Si los estadounidenses fueron eficaces para acaparar los monopolios de la tecnología, tanto o más lo han sido para crear consumidores a modo, desde el star-system hollywoodense hasta la denominada generación x que tuvo por padres adoptivos a la music television (MTV), su manejo de la cultura del consumo ha sido perfecto.

Se está hablando actualmente de regular el mercado, de ponerle ciertos límites a la especulación, que los gobiernos vuelvan a tener mecanismos de control sobre sus economías, de resucitar las teorías de Keynes… pero poco se habla del consumidor: de la creación de fondos de ahorro directos al salario, de seguros de desempleo, y porque no, de posibles fondos gubernamentales que ayuden a los deudores con problemas en sus créditos, logísticamente es mucho más complicado el ayudarle a un millón personas que a cien instituciones de crédito, pero es menos costoso, y sobretodo, solventaría un problema antes de que éste tenga vistos de crisis.

Pero no hay que ser complacientes con nosotros mismos, tenemos que aprender a regular nuestros gastos, es pasmosa la vida quincenal que se lleva, es inconcebible que los niños ya no sepan lo que es una alcancía –no lo cree, cuando la cajera de Walt-Mart le pregunte automatizadamente: “¿Encontró todo lo que buscaba?”, pregúntele usted si tiene alcancías, seguramente le responderá que no (como a mí)-, resulta sorprendente el frenesí y el delirio provocados por las ventas nocturnas de Liverpool…

Será fundamental el papel que en ello desempeñen los medios, los mensajes que se le transmitan a las masas a través de películas, canciones, programas de televisión… tras la gran depresión de 1929 en Hollywood se comenzaron a manufacturar películas esperanzadores, el director Frank Capra encabezó la realización de un tipo de cine que apostaba por ofertar un futuro halagüeño en una época en la que no había esperanzas. ¿Qué nos recetarán en ésta ocasión?, ¿Nos seguirán vendiendo la idea de La fabulosa vida?

18 de noviembre de 2008

La ilusión viaja en Barack Obama


La perspectiva que tenemos sobre los políticos generalmente resulta contradictoria, albergamos en ellos esperanzas que van más allá de sus capacidades, al ser estos los personajes que conducen el timón de los trasatlánticos nacionales les legamos un poder imaginario tanto fastuoso como omnipresente; como si al director de la escuela le legáramos los deberes tanto de alumnos como de maestros, a los políticos les cedemos por completo los designios de nuestras naciones.

La encuesta dada a conocer por la revista Día Siete el mes pasado resulta en este sentido sorprendente, el político, casi siempre reprobado en cuanto a su desempeño, es en el fondo una figura querida –término empleado por la encuesta-. La votación que buscaba descubrir a las figuras publicas más queridas del país estuvo copada y encabezada por políticos, cierto, desempeño similar tuvieron como las figuras públicas más odiadas, pero el seguimiento que se les da se encuentra ahí perfectamente ejemplificado.

El político acapara espacios en los noticieros estelares, encabeza los titulares de los periódicos de mayor circulación, su sola presencia es capaz de concentrar a multitudes en diversas plazas públicas, el furor por él provoca que la gente adorne sus carros con horrorosas calcomanías que llevan el nombre del susodicho…

El político es un fenómeno capaz de albergar esperanzas y de generar desilusiones. Entre estos fenómenos ninguno se equipara en la historia reciente al de Barack Obama.

La conmoción que ha provocado traspasa las fronteras de su nación, según las encuestas, salvo en Irak, en ningún otro rincón del planeta Obama hubiese perdido la elección presidencial, apoyar al candidato demócrata no solo parecía un acto eufórico sino también uno sumamente racional. Las expectativas que carga sobre sus hombros son enormes, se espera que sea un verdadero líder mundial en una época en la que la desorientación del mundo entero tiene tintes de caos.

La victoria de Barack Obama fue una fiesta a nivel mundial, se levantaron no pocas voces sensatas pero éstas están siendo prontamente ofuscadas por el regocijo. El ex-senador por Illinois es la viva imagen del bien que desterró a la figura del mal personificada por George W. Bush, y por ende, es un político irreprochable. El bien, a fin de cuentas, es siempre recibido con los brazos abiertos.

Pocos ponen en duda sus cualidades: inteligente, con una capacidad para la oratoria envidiable, conciliador en su actuar y de amplias metas en su ideario; no obstante, personajes con mayores cualidades han arribado al poder y han fracasado rotundamente en su desempeño como gobernantes. Ser un hombre con notables cualidades como persona no es símil de ser un gran abogado, arquitecto, médico y tampoco un gran gobernante.

Hace poco más de cincuenta años Luis Buñuel filmó una película llamada La ilusión viaja en tranvía, en la cual, dos personajes embriagados y melancólicos tomaban sin permiso del depósito un tranvía y en él recorrían la Ciudad de México, el jolgorio lo emplearon para amenizar sus penas, supuestamente iban a ser despedidos de sus trabajos. El mundo no pasa por uno de sus mejores momentos y gran parte de nuestras esperanzas se sostienen en un político, la ilusión viaja en Barack Obama.

13 de noviembre de 2008

Porque parece mentira la verdad nunca se sabe


Tomo prestado el título de aquella fastuosa novela escrita por Daniel Sada, y tomo también prestadas algunas de sus entrañas, en el fondo, dicho libro nos retrata a una sociedad corroída por la mentira: el esposo que no le ha confesado a su concubina que viven gracias a la herencia que le legó su padre, no a las ventas de la modesta tienda de abarrotes; el gobierno que maquila un fraude electoral descabellado y sanguinario; la telefonista que no le pasa los recados a sus coterráneos pues es esta una labor sumamente extenuante…

La mentira se ha convertido para el buen samaritano mexicano en una arma infalible, una “mentira piadosa” –lindo mote- cumple a la perfección con su cometido pues evita la hecatombe que se desataría si se llegara a conocer la cruel verdad, de los males, el menor. Pero su uso corriente nos ha traído consecuencias catastróficas, una de ellas: la desconfianza.

Como consecuencia de ello la mujer habla por teléfono al trabajo de su esposo para cerciorarse de si verdaderamente tuvo que trabajar horas extras o si en realidad está pasando el rato con la amante en turno; el ciudadano no sabe si denunciar o no un delito, pues no tiene la certeza de si esto le beneficiará, o por el contrario, terminará perjudicándole; el gerente de la tienda que ha sido recientemente asaltada sospechará de la gente que tiene a su cargo antes que de cualquier otra.

Transitamos por un país afectado por las dudas y el desconocimiento, tropezamos con oscuros enigmas que sabemos, nunca se esclarecerán, hemos construido nuestra historia en base a mitos y esa vereda se extiende hasta nuestro presente en el cual afloran el misterio y las mentiras. Lo que debería de hacerse público se esconde, lo privado es divulgado en los tabloides, el chisme y la calumnia son noticia, el dato concreto y sustentado una rareza que escasas veces podemos conocer.

El accidente en el cual pereció Juan Camilo Mouriño es un claro ejemplo de ese marcado escepticismo a la mexicana siendo llevado al extremo. Habrá una versión oficial pero ya cada quien tiene su propia versión sobre el siniestro, versión que a la postre terminaremos creyéndole más que a un folio oficial aderezado con cientos de pruebas e investigaciones.

Tan o incluso más rápido que la propia noticia se propagaron las sospechas y las hipótesis, quienes ven débil al gobierno coquetean con la idea del atentado, quienes simpatizan con la presidencia ven la lógica del accidente, la pasión nos nubla el panorama, la supuesta búsqueda de la verdad queda reducida a una mera consigna partidista.

El mexicano terminará creyendo la hipótesis que le dicte la fe que profese, compartirá o rechazará la versión oficial según sus tendencias partidistas, en el fondo no le interesa que se descubra la verdad sino que germine su teoría, así sea ésta una mentira. Quienes son ajenos a las pasiones políticas verán la anécdota desde el graderío y sencillamente concluirán que todo el embrollo es muy sospechoso.

El tiempo pasará, los ánimos se calmarán, la noticia perderá raiting y en algunos meses conoceremos la versión oficial, no creeremos un ápice de lo que nos dicen, refutaremos inclusive lo irrefutable, el incidente pasará a formar parte de las páginas de nuestros grandes enigmas nacionales y comprobaremos aquello que dictaba Daniel Sada: Porque todo parece mentira la verdad nunca se sabe… y nunca la sabremos, y menos aún la aceptaremos.

4 de noviembre de 2008

Obamamaniacos

En estos momentos están sufragando millones de personas en los Estados Unidos, eligen a su próximo mandatario. Dicha nación, supuestamente en decadencia, sigue atrayendo miradas como ninguna otra en lo grueso del orbe.

El efecto Obama ha sido el eje de la campaña: Obama el que puede, Obama la esperanza, Obama el que es distinto incluso en el tono de su piel, Obama el orador prolijo, Obama el de la sonrisa irrechazable...

La enorme acogida que ha recibido su discurso en todo el mundo resulta sorprendente pero a la vez paradójica. Si algo se intuye a través de su ideario es el ansia de reposicionar el poderío norteamericano, no es casualidad que un ensayo de su autoría se titule Renewing American Leadership. De Hugo Chávez a Fidel Castro, varios personajes conocidos por su discurso antiyankee le han manifestado su apoyo al candidato demócrata, y por ende, a la reconstrucción del imperio norteamericano.

En el fondo sabemos que el mundo necesita que esa nación conocida por su altivez luzca vigorosa, lamentable, pero cierto.

Seguimos tanto a AMLO


La atracción resulta en ocasiones incomprensible. A mí, por ejemplo, me han parecido siempre sensuales las mujeres con senos pequeños; a mi sobrino de escasos dos años le llaman poderosamente la atención los colores de una colección de libros llamados Cuadernos de estudios cinematográficos, siempre que llego a la casa éstos se encuentran desordenados; muchos ven regocijante aquello de sentarse en el sofá y desperdiciar su fin de semana viendo n cantidad de partidos de un muy soporífero torneo de fútbol soccer nacional.

El fastuoso sentimiento de atracción que es capaz de provocar Andrés Manuel López Obrador me ha resultado siempre incomprensible. El tabasqueño no es un gran orador, sus discursos están atiborrados de pausas que terminan cansando a algunos de sus receptores más impacientes; su presencia física carece de algún atractivo sobresaliente: bajo de estatura, canoso y de tez apiñonada, es la viva imagen de cualquier otro mexicano; no es tampoco un personaje de ideas, sus discursos se caracterizan por la denuncia férrea, no por la propuesta concreta.

He llegado a pensar que el enorme éxito de López Obrador se debe, no a sus cualidades como líder, sino a las apasionadas alucinaciones que misteriosamente provoca en sus seguidores (sean éstos admiradores o detractores), pero: ¿por qué provoca dichas alucinaciones?

Andrés Manuel es un fiel reflejo de nuestras alucinaciones, y creo que en ello radica su poderoso atractivo. Quienes sueñan con revolucionar el país ven en él al personaje que representa la rebelión en su estado más puro, el proceso de desafuero que logró doblegar eficazmente le incrustó a su persona una áurea perpetua: el ciudadano que no se deja vencer ni por la adversidad ni por los poderes fáticos. Pasó de tener popularidad como político a tenerla como ícono de la subversión.

Sus admiradores se sintieron parte de su triunfo, López Obrador agradecía el apoyo recibido halagando a sus simpatizantes, la canallada del desafuero –decía- fue vencida gracias a ustedes, la movilización logró vencer a la tiranía. A partir de ese momento, el líder y sus admiradores caminaron de la mano en una especie de noviazgo enceguecido en el cual se prohibía hablar sobre los defectos del amasio, flotaban por las nubes disfrutando de la satisfacción de un orgasmo eterno.

Pero como la unanimidad es inalcanzable, a la par que crecía la figura admirable de Andrés Manuel, se erigía entorno a su persona un grupo de detractores que veían al ex-candidato presidencial con recelo, más tarde fueron explícitos en sus consignas: es un peligro para México, es el hombre cuya soberbia es capaz de quebrantar el peso de la ley.

El supuesto temor rayaba en la hipocresía, en un país en el cual nadie respeta la ley un político que violaba una orden de amparo era crucificado públicamente, la posible llegada del perredista al poder era malmirada, entronarlo significaba el arribo del populismo y la soberbia al trono, como si ese lugar tuviese una añeja tradición de rectitud y ética, el arribo de un altivo López Obrador a la silla presidencial era algo que debía de evitarse a toda costa.

Tengo la disparatada idea de que Andrés Manuel ha quedado atrapado en ese remolino de pasiones, el banderín que ahora dice enarbolar no es propiamente el suyo sino aquel que le han impuesto sus seguidores, si él es el representante de la rebeldía no puede aceptar sus victorias; si él representa la soberbia no puede aceptar sus errores.

La novela del petróleo nos ha mostrado a un López Obrador que ha seguido firmemente los papeles que le han sido asignados. Anteriormente reconocía sus victorias: como en el caso del desafuero; y sus errores: como la ocasión en la cual renegó por la excesiva cobertura que se le daba a la muerte del papa Juan Pablo II y posteriormente se retractó de ello públicamente. Anteriormente Andrés Manuel era un líder al cual la gente le seguía, no alguien que se dejaba arrastrar por lo que le dicta una turba enardecida… ojala recuperemos pronto a ese AMLO un tanto lúcido que cierta falta nos hace actualmente.

29 de septiembre de 2008

El hecho y la metáfora


El hecho: una elefanta que llevaba por nombre el de Hildra chocó de lleno con un autobús de pasajeros, el fatídico impacto provocó la muerte de sus dos protagonistas, tanto el chofer como el paquidermo fallecieron tras la colisión.

Las versiones sobre cuales pudieron ser las causales de tan curioso incidente son diversas. Una de ellas, la más aceptada, apuesta a que fue un gato (¿negro?) el culpable, su inesperada presencia aterrorizó a la elefanta, quien sintiéndose indefensa en tan desigual encuentro, optó por huir y no por combatir. Existen sin embargo otras explicaciones, sin sustento alguno pero atiborradas de ingenio: hay quienes afirman que Hildra estaba cansada de su prolongado cautiverio, otros más dicen que su salario -consistente exclusivamente en notables raciones de comida insípida- le parecía deplorable y decidió probar suerte en otro lado, algunos creen que fue simplemente un acto de rebeldía espontánea...

Cualquiera que haya sido su motivación, Hildra fracasó en sus intenciones. Si lo que deseaba era escapar de las garras de un gato, terminó por confrontarse con un enemigo de mayores dimensiones; si el suyo fue un acto anárquico o de inconformismo, su protesta no llegó muy lejos, pese a que apareció en los noticieros jamás sabremos cuales eran sus demandas.

La metáfora: varios mexicanos podríamos colocarnos en las gruesas pieles de Hildra, una situación (económica y/o social) nos está espantando y estamos prestos a iniciar la estampida, una estampida en la cual no tenemos un destino preciso.

La situación actual es muy preocupante porque vivimos en el desconcierto y el desconocimiento, sabemos que estamos mal pero no sabemos que tan mal. Los focos rojos se han encendido en la economía de nuestros otrora poderosos vecinos del país del norte y nuestras autoridades no nos han brindado un diagnóstico sobre la situación: ¿qué tanto nos pegará una crisis en la economía de nuestro principal socio comercial?, ¿qué haremos al respecto?, ¿cómo sortearemos una drástica caída en las remesas y en la inversión extranjera directa en nuestro país?

Al interior de nuestra nación sabemos que las cosas están muy turbias, más que los altos índices de violencia preocupan los indicios de derrotismo que privan entre la población, la batalla contra el narcotráfico está perdiendo interés porque la estamos dando por perdida. Los intelectuales proponen estrategias alternas, la más sonada, la legalización; algunos políticos optan por una salida más sana pero menos decorosa, pactar con los narcos, que el estado se postre de rodillas ante los delincuentes; los ciudadanos dejan impasibles que la leyenda de “El Chapo” Guzmán se acreciente, lo que verdaderamente les interesa es poner cerraduras donde no las había, comprar bastones de seguridad para sus coches, colocar un barandal en la cochera... tratar de defender como se pueda el patrimonio que tanto esfuerzo nos ha costado haciendo de nuestros hogares pequeños ghettos.

La estampida para huir de nuestra realidad terminará fracasando si avanzamos dando tumbos, moviendo la enorme masa de nuestros problemas sin ningún orden e improvisando nuestras metas, se nos presenta la tempestad y corremos despavoridos, trastabillantes y con los ojos vendados.

Como buenos mexicanos, somos expertos en mentarles la madre e injuriar a nuestros políticos, pese a saber de antemano que nuestra condición en nada mejorará con ello. El próximo año tendremos unas elecciones sumamente importantes, la sociedad debe de exigir y de exigirse como nunca, basta ya de votar por un candidato por el simple hecho de que esté muy guapo o porque porte botas, si nuestra clase política no nos ha cumplido es porque no les hemos exigido.

Estamos a unos cuantos días de conmemorar un aniversario más de la matanza de Tlatelolco, he ahí el más claro ejemplo de que exigiendo y participando la sociedad puede lograr cambios sustanciales para su país. La reclusión obviamente no nos llevará a ningún lado, tampoco una estampida histérica en la cual insultemos a nuestros políticos buscando con ello más un deshago que una posible solución. Si no queremos que nuestro bote se hunda debemos de empezar a remar.

22 de septiembre de 2008

Monotemática improductiva


Me siento frente al monitor con el firme propósito de redactar mi artículo semanal, en esta ocasión quisiera escribir sobre diversos temas: la situación adversa que enfrenta Evo Morales en Bolivia; el increíble efecto mercadológico Palin que le ha atraído múltiples preferencias electorales a la candidatura de McCain, y cuantiosas ventas a su hasta hace poco anónimo diseñador de lentes... pero lo acontecido en Morelia fue un detonante que no puede (ni debe) borrarse de nuestras mentes.

Fue un atentado contra la población civil, sí; fue una acción con vestigios de terrorismo, sí; fue perpetrado con la finalidad de provocar terror, sí; pero sobre todo, fue un crimen que nos ha vuelto paranoicos, creemos ahora que los narcotraficantes han perdido cualquier resquicio de ética y el gobierno cualquier nicho de control, suponemos que si ya lanzaron una vez granadas, podrán volverlo hacer en cualquier otra ocasión y en cualquier lugar.

Ahora cuando nos reunimos con los amigos, familiares, vecinos... no tarda en aterrizar en la conversación el tema de la violencia. Cada quien tiene una anécdota, una angustia, una hipótesis, un sospechoso que compartir. Nos hemos vuelto monotemáticos.

Nuestra monotonía, encima, resulta sumamente improductiva, hablamos mucho, pero sin la más mínima sustancia, lo mismo da si quien se expresa es el presidente de uno de los múltiples consejos empresariales o si es una radioescucha histérica que cree vivir rodeada por sicarios, un funcionario público de alto nivel o uno de los intelectuales más leídos de México. Lo cierto es que nos expresamos con histeria pero sin ideas.

A estas alturas nadie sabe a ciencia cierta que hacer, hay descalificaciones, sí, siempre las habrá, resultan hasta cierto punto simpáticas, es entretenido leer como algún columnista de prestigio hace puré a Felipe Calderón y a su infructífera estrategia contra el crimen organizado, pero resultan lecturas insustanciales, el país está incendiado y se le echa gasolina a la hoguera, necesitamos bomberos no piromaniacos.

El aplauso, el oportunismo y las payasadas están presentes: consejos empresariales y políticos de todas las facciones aplauden el arribo del ejército, pese a no tener ni la más remota idea de cuales serán sus benéficas funciones; Iluminemos México, esa organización que aparentemente ha monopolizado los reclamos de paz, propone obviedades motivadas por un franco oportunismo; algunos parlanchines sugieren que, para defendernos y protestar, derrumbemos nuestras festividades: ¡no al grito de independencia!, ¡no a la feria de San Marcos!, ¡no a la navidad!.

Pura parafernalia, ninguna idea; puro exhibicionismo, ningún cooperativismo. No tenemos ideas porque las redes del narcotráfico nos siguen resultando sumamente incomprensibles, nadie ha trazado al día de hoy un mapa geográfico concreto de las alianzas, complicidades, corruptelas y territorios de los diversos carteles. Nos expresamos con supuesta lucidez solo para percatarnos al poco tiempo de que, en realidad, solamente nos hemos enmarañado aún más; proponemos basándonos en meras suposiciones y nuestras propuestas terminan naufragando en la irrealidad.

Nos preguntamos "¿dónde vamos a parar?" cuando en realidad lo que debemos de cuestionarnos es "¿dónde estamos realmente?". Ni el gobierno ni la prensa han hecho en esto su labor: el gobierno venía diciendo que la guerra se estaba ganando y de a poco ha tenido que irse retractando sutilmente, prueba fehaciente de su desubicación; la prensa dice generalidades: "hay autoridades corrompidas", pero no dice cuales, "hay policías liados con el narcotráfico", pero no da nombres.

Si vamos a seguir hablando con ahínco del narcotráfico, hay que hacerlo siquiera para nuestro beneficio, que la paranoia nos guíe a alguna meta, basta de hablar por mero afán protagónico, el país se nos va de entre las manos, no solo al presidente, a todos nosotros.

16 de septiembre de 2008

Retrato de un político


Los íconos invaden el terreno de las definiciones y los significados, la Venus de Milo escenifica la belleza, James Dean representa la rebeldía juvenil y la imagen de Madonna nos remite a la última moda y a la sex symbol por excelencia.

En ese contexto no hay duda alguna de que Porfirio Muñoz Ledo es el vivo retrato del político mexicano, adaptable a cualquier contexto, discurso, escenario, ideología, momentum, partido político...

No es gratuito que al político vivaz se le de el mote de grillo, y que ande saltando sagazmente de un puesto político a otro, que vuele en la búsqueda de un hueso, que su única cualidad sea su imposibilidad para quedarse quieto. Decía Fidel Velázquez que "el que se mueve no sale en la foto", pero la verdad es que el político mexicano debe de moverse para captar la atención del fotógrafo, se zangolotea para atraer los flashes y los reflectores.

Bastó con que Porfirio Muñoz Ledo dijera en una entrevista que "se tiene que acabar con el gobierno de Calderón" para que ríos de tinta corrieran al respecto, voces a favor, en contra, escépticas... el político sabe de antemano la reacción que suscitará, no busca una declaración audaz, busca una declaración que provoque reacciones.

El político se alimenta de su propia exhibición, debe de sobreexponerse para sobrevivir, subsiste gracias al protagonismo, requiere de un público que le rinda pleitesía y de otro que le recrimine, a fin de cuentas, el antagonismo también le brinda frutos nutritivos.

Porfirio Muñoz Ledo se cambia frecuentemente de camiseta, parece futbolista, no le es leal a ninguna identidad, no le conmueve la ética ni le mueven los ideales; le mueve el billete, el poder, el circo de la política... no le interesa el bienestar de su comunidad sino la permanencia de su nombre en la charla sobre la polaca.

El político mexicano es un jugador multifacético y un hipócrita avezado a la vez, se puede desempeñar en ámbitos que van desde seguridad y economía, hasta desarrollo social y agricultura, lo importante no son las capacidades que posea sino el estar bien colocado, puede estrechar afectuosamente las manos de quienes detesta y no dejarse fotografiar con quien pacta en lo oscurito, hace amistades por conveniencia, apuñala por la espalda a sus amigos y da el espaldarazo a sus enemigos.

Porfirio Muñoz Ledo es un viejo lobo de mar que representa a la perfección todos los defectos de nuestra clase política, personaje que hace de la ideología una moda y de la declaración un spot publicitario, protagonista que ha navegado durante más de 40 años en la política a los más altos niveles, que puede presumir más de los múltiples puestos que ha ocupado que de sus mínimos logros con los cuales ha ¿beneficiado? al país, personaje que pese a su añejamiento, sigue y vivo y viviendo del presupuesto.

21 de julio de 2008

De Memín Pinguín a Barack Obama


La semana pasada, las historietas de Memín Pinguín fueron retiradas de los establecimientos de Wal-Mart en los Estados Unidos. Bastó con que un cliente reclamara, arguyéndose insultado, para que la cadena de supermercados decidiera adoptar una decisión así de drástica. ¿Por qué tomaron una medida tan expresa y tan radical? En un comunicado daban su argumento: “dada la sensibilidad a la imagen negativa que puede representar para algunas personas, sentimos que era mejor ya no presentar el artículo en nuestras tiendas. Ofrecemos disculpas a aquellos clientes que se hubieran ofendido por las imágenes del cuento”.

Si la polémica de Memín Pinguín suscitó pequeñas lloviznas, una portada de la revista The New Yorker ha desatado un verdadero vendaval en los Estados Unidos. La tapa es una auténtica bomba molotov, una caricatura de Barry Blitt que contiene: A Barack Obama vestido de musulmán, a su esposa con un atuendo de guerrillera, el cuadro de Osama Bin Laden pendiendo en la Oficina Oval de la Casa Blanca, y una bandera de los Estados Unidos ardiendo en una chimenea.

Ambas portadas se conectan, Obama y Memín Pinguín, dos personajes de raza negra que contienden por la presidencia. Todos sabemos que en la batalla para llegar la Casa Blanca están en disputa diversos intereses. Estados Unidos, pese a todo, sigue siendo la gran superpotencia mundial, el poder y el dinero que están en juego son muy amplios; contienden visiones del mundo divergentes, la continuación del bushismo contra el cambio que dice representar el senador por Illinois... pero otro elemento importantísimo será sometido a votación, la condición de su sociedad ¿Está la sociedad norteamericana preparada para acoger a un presidente de color en la Casa Blanca?

Las elecciones que se llevarán acabo en noviembre próximo serán un retrato de la idiosincrasia de la sociedad norteamericana, ¿Cómo encarará la cultura norteamericana su tardía bienvenida al siglo XXI?, ¿Ha cicatrizado realmente la herida racial que tanta sangre derramó en su territorio?. La apuesta de The New Yorker me parece clara, lanza un cuestionamiento público: ¿De verdad hemos superado nuestros complejos raciales, o vivimos en una total hipocresía?

Las reacciones que provocó la interrogante gráfica –“de mal gusto y ofensiva” según Bill Burton, vocero de Obama- me hacen inclinarme por la respuesta negativa, que una portada devenga en semejante polémica quiere decirnos que la temática racial muy lejos está de haber sido superada, el cuestionamiento es el origen de la duda, The New Yorker nos ha puesto a dudar a todos sobre los supuestos avances sociales, que no legales, en torno a la discriminación.

El norteamericano suele exhibirse como un liberal ante temas que no le atañen directamente, las caricaturas de Mahoma publicadas en un diario holandés, y las reacciones de los musulmanes, les sirvieron para ejemplificar la intolerancia de una cultura, ¿Qué debemos pensar de lo que acá estamos viendo?

El tema del racismo no suele ser paradigmático para el norteamericano, hace tres años decidieron premiar a Crash con el Oscar a la mejor película, cinta que contiene un discurso sobre el racismo, ¿Por qué censuran entonces a Memín Pinguín y cuestionan a The New Yorker? Porque las formas les importan, Crash es una película que irradia hipocresía, a grado tal que un policía racista se redime y termina salvando a la mujer negra que yace debajo del coche, el de Paul Haggis es un filme narrado a manera de ensayo, que concluye con una edificante moraleja, de esas que le llegan a los corazones sensibles... sensibilidad, la palabra empleada por Wal-Mart. En los temas de racismo, el norteamericano apela a la sensibilidad y la evasiva, la caricatura interrogativa de Barry Blitt no va dirigida a la sensibilidad de la epidermis, a la superficie, sino a las vísceras estomacales, a lo hondo, las respuestas han sido la sensibilidad y la evasiva... Bertrand Russell decía que la modestia es un comportamiento que oculta el sentimiento de inferioridad, asumo que apelar a la sensibilidad y actuar con evasivas, es un modo de esconder la hipocresía.

30 de junio de 2008

Más sobre Ava Devine, la chaviza y los cuicos

Aparece publicada el día de hoy en Milenio, una interesante columna de Héctor Aguilar Camín titulada Lecciones, en la cual señala: "La tragedia de doce muertos por asfixia debido a las torpezas del operativo que intervino el New’s Divine dejó muy pronto de ser un problema de seguridad pública para volverse un problema de sobrevivencia política frente a los medios.". Y concluye: "Mientras todo esto sucede en los medios, el verdadero problema, la tragedia misma, tiende a desaparecer como tal. Empieza a ser un argumento del pleito más que una realidad a corregir."

En México, seguimos desatendiendo las lecciones, privilegiando el show business mediático. Nomás no aprendemos.

Ava Devine, la chaviza y los cuicos


Ava Devine es una estrella del cine porno, cuyo talento consiste en tener un par de senos de muy vistosas dimensiones, según la base de datos de IMDB, ha grabado más de 125 películas. Ella poco tiene que ver con el tema que desarrollaré, más allá de que su last name, concuerda con el nombre del tristemente célebre News Devine.

Resulta ya por todos conocido que en el antro News Devine se celebraba una tardeada cualquiera, en la que murieron 12 personas, entre ellos 9 chavos, cuyo único propósito era la búsqueda de algunos litros de diversión.

Más allá de la politiquita que se ha desatado en la última semana, ese jueguito de quien corre-y-o-encarcela a quien, lo cierto es que la tragedia expuso ante la opinión pública una desafortunada realidad, los chavos, por más que los politiquitos digan una y otra vez que son el futuro de México, en realidad en este país a las autoridades les importan un soberano sorbete.

La brutalidad policíaca se ejerce exclusivamente con los débiles, si a un cuico, le viene persiguiendo una horda de delincuentes peligrosos e inmorales –según se ve en el gozoso documental Los ladrones viejos. Las leyendas del artegio, antaño los ladrones tenían cierto código ético-, sus calamitosos compañeros se azorrillan, externan el temor que le tienen al plomo, mojan sus pantaloncitos, y dejan que su compinche sea brutalmente acribillado, so pretexto de no contar con artillería pesada para repeler la agresión; si en cambio, se tiene que lidiar con chavos, quienes por armas tienen algunos vasos con cerveza, ahí si los cuicos se envalentonan, ahí si son muy machos para aplicar la ley, ahí sí empujan, ahí sí insultan, ahí sí exhiben la autoridad omnipotente que les brinda su placa y su macana.

No es ninguna novedad, los cuicos siempre se han propasado con la chaviza, en la lógica de los cuicos, el peor peligro para la sociedad es el desmadre de los chavos, no es gratuito que la mayor parte de los delincuentes que atrapan sean delincuentes menores -ver los artículos: “Juicios orales, cateos y delincuencia organizada” de José Antonio Caballero y Sergio López Ayllón, y, “El abismo del sistema penal” de Miguel Carbonell y Enrique Ochoa Reza, nexos No. 366-: Chavos anarquistas que pistean en la vía pública, chavos impúdicos fornicando (o intentando hacerlo) dentro de las limitadas dimensiones de sus vochitos, chavos muy gandules que se volaron algún DVD de una tienda departamental...

Se habla de Joel Ortega, de Francisco Chíguil, de Guillermo Zayas, de Rodolfo Félix, del propio Marcelo Ebrard... pero quienes actuaron aquel día en el News Devine fueron nada más y nada menos que los cuicos, los que empujaron a los chavos fueron los cuicos, los que bloquearon la salida del antro fueron los cuicos, los que retacharon a los pocos chavos que habían podido salir fueron los cuicos...

Y los chavos, son quienes siempre terminan siendo vilipendiados, los dueños de los antros los tratan como se les antoja, les cobran lo que les venga en gana, los precios resultan abusivos la mayoría de las veces, las discriminaciones es un común denominador apodado “Nos Reservamos el Derecho de Admisión”, en ocasiones les sirven vino adulterado, las medidas de seguridad reglamentarias se las pasan por los tanates; los cuicos los saben indefensos, se comportan prepotentes, les amenazan, les inventan cargos, y en ocasiones terminan bajándoles los 200 o 300 míseros pesos que traen en la cartera con la promesa de no llevarlos a barandilla.

Recientemente se aprobó en el congreso una reforma constitucional en materia de justicia, ¿Qué tan lejos podremos llegar con la policía que tenemos hoy en día?, ¿Qué tanto avanzaremos si el primer eslabón de dicha cadena es tan endeble? Policías mal pagados, con obscenas jornadas de trabajo, desprovistos del equipo necesario, peormente preparados y encima, plagados de innumerables vicios... Ava Devine se operó las chichis para destacar en la industria de la pornografía, nosotros, ¿Qué haremos con nuestra policía?