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9 de febrero de 2009

Chutando prioridades


Si algún ingenuo todavía tenía ciertas dudas sobre cuan escaso es el aprecio del cual gozan nuestros partidos políticos -y todo aquello que les rodea- entre la población, en el reciente vendaval provocado por la abrupta interrupción de las transmisiones de los partidos de fútbol tienen un claro ejemplo del tamaño de la apatía que buena parte de la ciudadanía tiene hacia las diversas agrupaciones políticas.


Dicen que la abrupta interrupción de la transmisión de la querella futbolera desencadenó airadas reacciones. Un servidor se sincera, no soy un ferviente seguidor del soccer, y debido a ello, no pude ser partícipe ni testigo de tan singular evento. Pese a ello, no es difícil deducir lo acontecido: miles de mexicanos se encontraban frente al televisor, algunos deglutían Sabritones, otros engullían un balde de palomitas de esas que se-hacen-de-volada-en-el-micro, la gran mayoría de seguro sostenían un envase de caguama en su mano derecha, algunos probablemente estaban enfundados en la playera de su equipo favorito, otros en su defecto, portaban algún pants -ante todo la comodidad en el fin de semana-. Aunque la pasión futbolera llega a estresar a más de uno, ésta es un usual calmante que ayuda a estimular el estrés acumulado a lo largo de la semana. Su pronta interrupción, el tener que padecer las falsas promesas de algún político en lugar del deleite provocado gracias al probable gol de Salvador Cabañas, debió de haber infartado a más de uno. En su búsqueda por el regocijo y la relajación, el aficionado se estrelló con una absurda y burda propaganda política.


Si algo consumimos en grandes cantidades aquí en México, además de tortillas, es sin duda fútbol. No es difícil apreciarlo, somos, por poner algunos ejemplos: el segundo país que más playeras de fútbol consume en el mundo, solamente somos superados por Brasil; semana a semana los raitings más altos de audiencia lo obtienen algunos partidos de fútbol; y en el colmo del fanatismo aciago, no son pocas las anécdotas sobre algún tristemente célebre samaritano que hubo a bien suicidarse debido a la derrota del equipo de sus amores en el clásico de clásicos.


Paradójicamente, uno de los más gratos recuerdos que me ha legado el fútbol se remonta precisamente a una interrupción. Aquel equipo que por desgracia hemos perdido, los Gallos de Aguascalientes, disputaban el campeonato de la primera división “A” en contra de los Venados de Yucatán, eran otros tiempos, no se transmitió el partido ni por televisión ni por Internet -al menos yo no tuve conocimiento de ello-. Todos los hidrocálidos escuchábamos en vilo la transmisión por medio del radio, los comentaristas eran realmente malos por lo cual los radioescuchas debíamos de esforzar al máximo nuestra imaginación, y de repente, ¡zaz!, la transmisión se perdió, los aguascalentenses nos quedamos anonadados y desinformados ¿Cómo nos enteraríamos de la suerte de nuestro equipo cuando éste se encontraba a un paso de la gloria?


Para el político es imposible provocar entusiasmo alguno entre los ciudadanos, obvio, se habla con cierta frecuencia sobre política, en ocasiones muy acaloradamente, pero generalmente se habla para mal. Es difícil encontrar entre nuestros recuerdos alguna conversación en la cual se idolatre a algún político, si acaso se le apoya. ¿Alguien recuerdo cual fue la última vez que vio el póster de algún político adornando las paredes de alguna casa? En casa de un amigo solo tiene cuadros de las chivas rayadas del Guadalajara, y el más importante, el que tiene mil autógrafos lo conservan, ¡claro!, en el mismísimo comedor. Pareciera que entre los mexicanos chutar un balón es más importante que sufragar en una elección.

28 de enero de 2009

La extinción de nuestras libertades


El título, ciertamente, es en extremo tremendista. Nuestras libertades no se están extinguiendo, pero sin duda, están siendo minadas. Basta con darle un breve vistazo a las noticias nacionales para percatarse de como nuestros políticos, ven en nuestras libertades, una perversión que debe de ser extirpada: Si el acoso sexual es incorregible las minifaldas deben de suprimirse de los closets; si los accidentes automovilísticos son demasiados, se propone el que no se expendan cervezas frías.


Hace algunas semanas, en algún lugar no-tan-recóndito de nuestro México, a cierto político se le ocurrió algo tan risible como preocupante: prohibir los besos olímpicos. Algunos temieron por el beso, airadamente protestaron y lograron su supervivencia. El cierto político, débil ante los poderes fáticos -como la gran mayoría de nuestros políticos-, retrocede y se redime: el lugar no-tan-recóndito de nuestro México es ahora por él proclamado como “la capital mundial del beso” y (¡oh hilaridad!) dicho mote supuestamente servirá para atraer a múltiples turistas besucones. Pero debiéramos temerle a otra cosa, debiéramos de temerle a la prohibición.


Como lo dije anteriormente, nuestros políticos, pese a seguir siendo poderosos están debilitados, logran amasar fortunas pero no logran concretar sus proyectos más ambiciosos. Sea por un congreso que no controlan, por la oposición de algún poderoso medio de información o por alguna protesta social incontenible, gran parte de sus proyectos se frustran irremediablemente.


Pero ellos continúan elaborando sus planes y en gran parte de ellos no se disimula ni el conservadurismo ni el totalitarismo, pensamientos que se han vuelto toda una moda entre nuestra clase política. En la lógica del neo-político mexicano todo lo non-grato debe de ser erradicado: al fumador se le impide el goce del tabaco en bares y restaurantes; al secuestrador se le condenará a muerte…


¿Y por cuánto tiempo el político mexicano seguirá siendo un político débil? Dispénsenme si peco de negativo, pero todo parece indicar que no son pocos los mexicanos ansiosos por tener un gobierno que logre sacarnos adelante, osease, un gobierno poderoso. Si ello significa el sacrificar algunas cuantas libertades tampoco son pocos nuestros compatriotas que están dispuestos a correr dicho riesgo.


Ejemplo de ello es el renacimiento del PRI. Ya ni el cómico más osado recuerda que en alguna época nos mofábamos de aquel partido político a grado tal que le apodábamos el RIP. El PRI encabeza las encuestas rumbo a las elecciones federales que tendremos este año. Pero el problema no es ese sino el saber porque las encabeza: el tricolor no va adelante porque se haya renovado, por el contrario, el PRI seduce a los electores por el recuerdo que produce en ellos: les recuerda los días en los cuáles las reformas se aprobaban ipso facto, los tiempos en los que no se jugaba a los policías y ladrones en las calles sino que estos pactaban en lo oscurito y así se lograba dar la imagen de un México tranquilo, la era en la cual la represión policiaca era empleada a mansalva como un efectivo método de disuasión.


Carlos Monsiváis decía que la retracción de cierto político en algún lugar no-tan-recóndito de nuestro México es “una derrota cultural de la derecha”. Me temo que erró, esto va más allá de una guerra de ideologías. Es una derrota de una clase política débil, clase política que no tardará en volverse poderosa gracias a un electorado ávido de políticos poderosos, los cuales, tendrán en la mira nuestras endebles libertades.

25 de enero de 2009

¿Cómo nos vemos?


Enrique Krauze publicó en Reforma un artículo que ha sido bastamente citado y comentado. Su preocupación: la imagen que actualmente se tiene de México en el exterior. Cito al historiador: “La revista Forbes asegura en un número reciente que México está a punto de convertirse en un ‘Estado fallido’. Además de falsa, la visión es injusta […] la falsa percepción de México como un ‘Estado fallido’ comienza a permear en los corredores de Washington al grado de que, al hablar sobre los sitios preocupantes del mundo, algunos altos funcionarios nos comparan (off the record, claro) con Pakistán”.

Pienso que sus preocupaciones son desmedidas, cierto, es importante la imagen que se tiene de nosotros en el extranjero, sin embargo, el mayor problema no radica en el cómo nos ven sino en el cómo nos vemos. Hemos sido totalmente incapaces de forjarnos una imagen –idearia, quizás, pero imagen al fin- de nuestro presente como nación. Se nos ha olvidado que la realidad no es un asunto que pueda manipularse para satisfacer los caprichos de las diversas percepciones.

Somos una nación sumamente insegura, nos asemejamos tanto a aquel adolescente que siente como el mundo se le viene abajo cuando se ve frente al espejo y se percata de que le ha salido una nueva y antiestética espinilla. El hecho de que Enrique Krauze haya escrito un artículo necesario, sí, pero con claros atisbos de desesperación, es un claro síntoma de nuestra inseguridad como nación.

Pero –y aquí voy a hacerle el juego a Enrique Krauze-, cuando hablo de inseguridad no estoy haciendo referencia a la oleada de crímenes que está azotando a nuestra nación sino a nuestro eterno complejo para definirnos. Juan Villoro decía atinadamente que un ejemplo de la poca fe que nos tenemos es nuestra porra cuasi-oficial: “¡Sí se puede!, ¡sí se puede!”. El triste saber que para poder debemos de darnos ánimos. No estamos seguros de cual es nuestra realidad, tan frágiles somos que nuestro estado de ánimo depende en gran medida de las noticias del día. Sabemos pues como nos sentimos pero desconocemos por completo quienes somos.

Leo en días recientes el como varios personajes aseguran que la crisis de inseguridad ha puesto en jaque a la población. Debo decir que quienes así lo hacen afirman clavando su vista en los periódicos y no la levantan para ver el México que les rodea. Que no se me malinterprete, no voy a negar la delicada situación por la cual atraviesa nuestra nación, pero de ahí a decir que nuestra sociedad vive en un estado de shock, hay una abismal diferencia.

Cierto, existen crónicas bien documentadas de días temibles en los cuales pueblos y ciudades enteras prefirieron resguardarse en sus casas convertidas en improvisados bunkers ante la amenaza o el rumor de cruentas y pirotécnicas balaceras que se llevarían acabo en dichos territorios. En su defecto, debo decir que las mencionadas situaciones son la excepción y no la regla.

El historiador se puso edulcorado al final de su artículo: “Concluyo con una nota personal. El domingo pasado comí en el centro y vi a las familias mexicanas caminar plácidamente por las calles, como hace siglos. Sé que esa paz tiene algo de ilusorio, pero aquellas caras mexicanas no engañan. No son inquilinos de este país. Llevan generaciones de habitarlo y amarlo. Debemos proyectar esas caras al exterior”. Concuerdo, la vida sigue su curso, la sociedad sabe que hay inseguridad pero no se siente insegura. Bares, cafeterías, escuelas, oficinas, parques, templos… todos ellos repletos a rebosar. La ciudadanía no ha bajado los brazos, sabe que su México está lejos de ser un “Estado fallido”.

12 de enero de 2009

Aguascalientes alicaído


En cierto programa televisivo, escucho al politólogo Carlos Elizondo Mayer-Serra sentenciando que es Aguascalientes el ejemplo perfecto del deterioro que actualmente sufre el país. Un estado que –según sus propias palabras- tenía estándares de vida de primer mundo y ahora ha dejado de ser ejemplo de excelencia a nivel nacional.

A lo largo del transcurso del periodo vacacional recientemente concluido, pude hablar con gente oriunda de éste estado que por diversos motivos -de estudio o de trabajo principalmente- dejaron la ciudad. De ninguno de ellos escuché intención alguna de regresar a Aguascalientes, pero más allá de eso, los que aquí vivimos sin dudar les sugerimos que no retornaran (al menos por un tiempo).

Es esa una triste realidad de nuestro estado. Más allá de los comentarios provenientes de aquellos que llegan a conclusiones a partir de la interpretación de ciertas estadísticas, o de la certeza de que para progresar hay que emigrar forzosamente; es el sentimiento de desilusión del hidrocálido para con su tierra el mayor indicativo de que Aguascalientes está alicaído.

Cuando un visitante llega a estas tierras el hidrocálido que lo recibe le cuenta con cierta nostalgia que el Aguascalientes que ahora ve no es aquel paraíso que solía ser apenas unos cuantos años atrás. El orgullo que se tenía por habitar en la tierra de la gente buena se ha ido desvanecido, ahora miramos con melancolía lo que un día fuimos y ya no somos más.

El asfalto que antaño alojaba exclusivamente caucho y algunos cientos de topes es ahora visitado ocasionalmente por casquillos y charcos de sangre; la ciudad en la que uno estacionaba el automóvil y podía, en un descuido, dejar los cristales bajados sin lamentar las consecuencias de su equívoco tiene ahora un altísimo índice de robo a vehículos y casas habitación; el Aguascalientes que desconocía lo que era el desempleo ahora lo padece y varios de los que están empleados reciben quincenas francamente raquíticas.

Y a todo esto, ¿Cómo han respondido nuestros gobernantes? La palabra es el principal paliativo del gobierno federal, para combatir la crisis anuncia con bombo y platillo un plan anticrisis -ellos siempre tan brillantes como originales. Of course-; la magna obra pública que edificó el gobierno municipal el año pasado, con la finalidad de sacar a la ciudad del tercermundismo, consistió en empedrar una calle que ya estaba asfaltada, agregándole además banquitas ¡y una fuentecita!; el gobierno del estado, ante la imposibilidad de atraer inversiones, tiene la brillante idea de mandar a sus cientos de desempleados a Canadá –oh my god! Are you kidding me?, así de nice-.

Las ofertas más tentadoras consistían en laborar como albañil en el primer mundo. Esperemos además que a los contratados no les pase lo mismo que a los empleados en el Estado de México por el gobierno de la ciudad de Québec, el cual ante la crisis, tuvo que cancelar las once mil plazas de trabajo que había ofertado y acordado.

Carlos Elizondo Mayer-Serra tiene razón, Aguascalientes es el reflejo perfecto de las consecuencias de nuestras crisis como nación. Acá, ante la tempestad, nuestros gobernantes se han dedicado a arreglar una ilusoria fachada cuando al interior de nuestro estado las paredes se están derrumbando. Francamente lamentable.

10 de enero de 2009

El discurso de lo económico en el metro

Para un servidor el viajar en metro resulta (casi) siempre una experiencia fascinante. Como turista que soy, pienso que una de las principales atracciones del jocoso defecoso es ese inmenso gusano naranja que atraviesa, sin obstáculos de por medio, la Ciudad de México.

En Los rituales del caos Carlos Monsiváis entrega algunas de sus mejores crónicas. Una de ellas es sobre el metro y la misma puede leerse acá.

En el más reciente número de la revista Parteaguas aparece un interesante trabajo de Isaac Torres, quien recopiló las voces de la gente que pide dinero en el metro. Transcribo dos de ellas:

Mira, antes que nada, nosotros acabamos de salir el día de ayer del Reclusorio Oriente, salimos sin nada, nosotros nos dedicamos a robar, a quitarles sus cosas a la gente, pero ya no queremos, por eso venimos a pedirte un dinero para que no andemos robando, porque, mira, nosotros andamos todos tatuados y no traemos papeles de nada de la escuela, la gente en los trabajos no nos quiere dar chamba porque la mera verdad, mira, como tú nos ves pus así estamos que parecemos delincuentes y, la mera verdad, pus si somos delincuentes pero ya no, nosotros no queremos robarte, por eso pues venimos a pedirte una moneda, en buena onda, sin violencia ¿no?

A ver por ahí lo que gustes, échanos la mano para ya no andar robando, una moneda lo que sea, por ahí, por ahí…

Y ésta otra:

Mira yo no vengo a chorearte de que salí del reclu, que soy bien malota, gracias a Dios camino tranquila, no debo nada…

No soy la rata. Tampoco te vengo a mentir que tengo un familiar enfermo, ya quisiera uno que me estuviera esperando hoy. No cuento con un hogar ni con una familia, nos quedamos en la calle, lo que es una vergüenza yo lo sé.

Si a ti te nace del corazón regalarme una monedita. Algún taquito ¡carajo! Qué mejor, que Dios te lo multiplique no con dinero sino con amor. Bienestar para ti y toda tu familia, que Dios te dé casita, trabajo y que te dé más. Si me puedes regalar algún líquido, un taco, una fruta, alguna moneda… gracias… algún alimento…

6 de enero de 2009

Optimismo acallado


El optimista es aquel que ve siempre el vaso medio lleno. La adversidad para él no es motivo suficiente como para caer en el abismo del desánimo, por el contrario, es una atenta invitación a un nuevo reto que deberá de afrontarse con entereza. El optimista es el faro que orgullosamente ilumina la isla que yace en las penumbras.

Apenas comienza a dar sus primeros trastabillantes pasos el 2009 y el parte médico que se ha arrojado entorno a este nuevo año es francamente desolador: “lo peor del 2008 es el 2009”, se dice con suma certeza. Su malformación es hereditaria, el 2008 fue un mal padre y éste será un peor hijo. Los expertos emiten entonces sus muy peculiares recomendaciones: no malgaste su aguinaldo, no abuse del uso de sus tarjetas de crédito, apriétese el cinturón, coma apenas lo indispensable para sobrevivir…

Atrapados en las tinieblas provocadas por las crisis financiera y de inseguridad, iniciamos el año temerosos, nos adentramos al 2009 despacio, pasito a pasito, los pronósticos apocalípticos y la incertidumbre nos atosigan. ¿Y los optimistas? Los optimistas son acallados, si alguno de ellos pronostica un futuro ya no digamos halagador sino siquiera esperanzador, es inmediatamente atacado por los tremendistas, sus argumentos –sean verídicos o ficticios- son derribados raudamente por la lapidaria avalancha de la recesión, ante los múltiples signos de catástrofe existentes, no hay querella que pueda ganarse hondeando la pírrica bandera del optimismo.

Si alguien osa sonreír ante el fatídico porvenir que se avecina es mal mirado, lo suyo es visto como un disparate, es como aplaudir en un funeral o sufrir disfunción eréctil en un prostíbulo, sencillamente está fuera de lugar. El optimismo no tiene cabida en este 2009 que tiene que ser forzosa y aterradoramente atroz.

El optimista es pintado como un iluso que no quiere confrontar la realidad, un sujeto que pretende evadir lo inminente elaborando un discurso color de rosa que quizás ni el mismo llegue a creerlo; es ingenuo, edifica castillos en el aire, sobredimensiona las buenas noticias y pasa por alto las malas, ve la tempestad y no se hinca; es un inmaduro, ve caras largas y no para de sonreír, ve bolsillos vacíos y sigue comprando como en épocas de bonanza, ve proyectos frustrados y no deja de planear…

Pese a ello, creo que en momentos como estos requerimos de los servicios de los optimistas. Recuerdo Atrapado sin salida, en aquella película dirigida por Milos Forman y estelarizada por Jack Nicholson hay una escena extraordinaria: McMurphy (Nicholson) les pide a las enfermeras del nosocomio que prendan el televisor para poder ver un partido de béisbol, la respuesta de éstas es negativa pero ante su insistencia ceden y encienden el monitor mas no en el canal que transmite el partido, pese a ello McMurphy luce jubiloso, festeja home runs inexistentes y narra un partido que se desarrolla exclusivamente en su imaginación, su efusividad logra contagiar al resto de sus compañeros quienes disfrutan de un partido imaginario, la ruindad de un manicomio fue derrocada por el optimismo de un loco entrañable. Un pesimista dirá que el final del personaje de Nicholson es sumamente triste, a mí sin embargo me gusta admirar el filme desde la perspectiva del optimista, la alegre rebeldía de McMurphy que termina aleccionando y liberando a aquel personaje apodado “El jefe” en un final inolvidable.

30 de diciembre de 2008

La historia enlistada


Como si se tratase de una añeja tradición, cada fin de año se publican en diversos medios de comunicación múltiples análisis que pretenden recapitular lo más destacado del año que termina, una de las grandes peculiaridades de éstos es que en su gran mayoría resumen enlistando: el top ten de los mejores libros del año, las diez películas más taquilleras, el deportista del año, los veinte sucesos que conmovieron al mundo, el hombre del año, los escándalos del 2008, las mejor vestidas…

Me parece que el enlistado es una modalidad peligrosa para resumir los acontecimientos de todo un año, reducirlo todo a un determinado y selecto número de eventos, que queden en los libros y en la memoria colectiva estas diez películas consideradas como destacadas y que el resto de ellas queden condenadas al olvido, que la humanidad recuerde ciertos eventos políticos pero que estos otros permanezcan enterrados, ensalcemos a ciertos personajes públicos y a otros condenémoslos al ninguneo… la historia ahora no la escriben los ganadores ni tampoco los perdedores, la escriben los populares.

La popularidad y la frivolidad destacan en estos peculiares resúmenes, descuella en ellos exclusivamente aquello que fue lo suficientemente masivo como que para que la gente lo recuerde con facilidad, se destaca un evento por su impacto mediático no por sus consecuencias socioculturales, se privilegian la difusión de los “qué’s” y se obvian los “por qué’s” de los citados eventos.

¿Qué ocurrirá cuando futuras generaciones quieran aproximarse a lo acontecido en un año como este 2008? Seguramente algunas, muchas de ellas recurrirán a esta historia enlistada de fácil acceso y lectura, y creerán que lo contenido en dichas listas es un claro y puntual resumen de lo acontecido en el periodo correspondiente, la curiosidad menguara pues si los contemporáneos ya hemos establecido lo que es digno de destacarse, para que molestarse en rescatar aquello que nosotros mismos hemos enterrado.

¿Cuál es el propósito detrás de esta manía por resumir la historia en una lista? Supuestamente el establecer un resumen, esquematizando por su jerarquía, prioridad y trascendencia, de lo acontecido en el transcurso del año. ¿Nos sirve ello de algo? Sinceramente creo que no, un periodo de tiempo debe de estudiarse en su conjunto, no limitarlo a un enlistado en el cual se enumeren hechos aislados, debiéramos de dedicarnos a analizar este 2008 en su totalidad y no remontarnos a acontecimientos exclusivamente anecdóticos.

22 de diciembre de 2008

Protesta social without limits


En el más reciente número de la revista nexos aparece el diagnóstico de algunas ONG entorno a los derechos humanos que en breve será entregado a la ONU como parte del examen periódico universal en la materia. En él puede apreciarse con claridad que una de las mayores preocupaciones de las ONG es la criminalización de la protesta social por parte de las autoridades gubernamentales.

La protesta social es uno de los escasos medios de expresión con el cual cuentan los disconformes, confrontan aquello que rechazan de un modo sonoro y vistoso, de la marcha silenciosa a la bomba molotov, su propósito es siempre el mismo: manifestar públicamente una afrenta que de otra manera pasaría inadvertida.

En días pasados fuimos testigos de dos muy peculiares protestas sociales: el zapatazo que, si bien no dio en su objetivo, humilló claramente al presidente George W. Bush al hacer que éste se postrara, que se inclinara ante el insulto. El mundo entero fue testigo de la vejación que sufrió; por otro lado, las calles de Grecia fueron tomadas por ciento de jóvenes que protestan airadamente por el asesinato de un joven a manos de un policía.

A raíz de estos hechos Luis Linares Zapata se preguntaba en las páginas de La Jornada: si la muerte de un joven provocó tremendo pandemónium en Grecia, ¿Por qué en México las cifras van por los miles y nadie actúa en consecuencia?

Su conjetura es errónea, en Grecia no se protesta por un número determinado de asesinatos sino por el modo en el cual un joven pereció, no apelan a la cuantificación sino a la cualificación. No obstante, el cuestionamiento del articulista cala, ¿Por qué permanecemos pávidos ante la tempestad?

Creo que una de las posibles explicaciones es que, pese a que en México protestamos mucho, lo hacemos generalmente muy mal. No es que la protesta social esté en desuso, por el contrario, está desgastada, hemos empleado la protesta social incluso para denuncias mínimas -se han organizado protestas sociales para defender a ¡¡¡políticos!!! (Ulises Ruiz por ejemplo)-. El abuso de la protesta social en México decididamente le ha hecho perder mucho punch.

No solo se han desvalorado las causas de la protesta social sino también el acto de la protesta en sí. Un ejemplo concreto sería el plantón que por días encabezó Andrés Manuel López Obrador sobre el Paseo de la Reforma, nunca estuve presente pero las crónicas disponibles hablaban de gente jugando ajedrez, partidos de fútbol, exposiciones fotográficas… ahora que lo veo en retrospectiva me pregunto: ¿Era aquello una protesta social o una kermés?. Debo de afirmar que la espontaneidad de la protesta social se ha desvanecido por completo, viendo algunos videos de las protestas que se desarrollan en Grecia me percato de que ahí impera la anarquía, en ellas la orden del día es dictada por el mero instinto; en México en cambio, López Obrador –de organizaciones como Iluminemos México mejor ni hablar- pone fecha y hora para lo congregación de las masas, se fija un objetivo, se acude en camiones…

Y malamente, lo social se ha diluido totalmente en nuestras supuestas protestas sociales, el patético caso de los maestro del estado de Morelos es un triste ejemplo de ello, los privilegios personales pasándole por encima al bien común.

Estoy totalmente de acuerdo con las ONG, sería pavoroso el que se criminalizara la protesta social, sin ésta, viviríamos en un régimen con pavorosos rasgos autoritarios. Pero habría que hacerle un llamado a los partícipes de las protestas sociales (algunos de ellos verdaderos profesionales en la materia): sean excepcionales, sean reacios, sean espontáneos, sean concientemente sociales… y a todos los que no protestamos por una u otra razón, nunca es tarde para comenzar a hacerlo, más ahora en este país, al que por donde se le mire se le nota tan desanimado, pienso que podríamos inyectarle una dosis fuerte de entusiasmo con una airada y verdadera protesta social.

3 de diciembre de 2008

La duda, el montaje y el Photoshop


Describiré brevemente una pequeña anécdota que aconteció en el lugar en el cual trabajo: uno de los trabajadores que laboran conmigo no tiene oportunidad alguna de accesar a una computadora, el suyo es un trabajo netamente físico, pero por azares del destino tuvo la oportunidad de entretenerse durante algunos minutos en una computadora. Se sentó y comenzó a teclear lentamente, aparentemente el resultado de su búsqueda por Google fue satisfactorio pues sonrió sonoramente, de inmediato nos invitó a todos los que estábamos a su alrededor a que atestiguáramos su descubrimiento: el video de Belinda que tan comentado fue durante el transcurso de la semana pasada. Lo que me llamó poderosamente la atención no fue el que todos accediéramos a ver el breve momento íntimo de una adolescente hecho público, sino los comentarios que se suscitaron, ninguno de los ahí presentes emitió comentario alguno sobre la anatomía de la expuesta, toda la tertulia se debatió entorno a la veracidad o no del video. Los argumentos no faltaron, desde el timbre de su voz hasta el tamaño de su seno, no se llegó a conclusión alguna más allá del escepticismo.

Pues sí, así de mal andamos, nos tenemos tan poca confianza que no atinamos a afirmar siquiera si un video es verídico o no. Entre nosotros todo se ha vuelto suspicacia, ir a denunciar un delito suele ser sumamente infructífero pues se tiene menores probabilidades de obtener alguna resolución favorable que el obtener alguna remuneración económica apostando en la ruleta, ahí está el ejemplo de Nelson Vargas: un padre de familia que asfixiado por la impotencia que siente expresa coléricamente que la inefectividad policiaca es el símil de “no tener madre”. Un otrora ícono de la fiabilidad ciudadana, como lo era el policía, es ahora puesto en duda.

Pero se tendría que ser sumamente ingenuo como para creerse que el problema de la falta de confianza recae exclusivamente sobre nuestras autoridades, por el contrario, es parte de nuestra cultura: el compañero de trabajo es poco fiable porque es dado a chismorrear, el esposo porque llega tarde a casa, el peatón aquel porque está atiborrado de tatuajes y seguramente ha de ser un ladronzuelo…

Hemos perdido la confianza en el prójimo, dudamos de las personas que nos rodean, la convivencia diaria se sostiene pero está infectada por la epidemia de la desconfianza, las relaciones no se han roto, quizás incluso éstas se hayan fortalecido, pero no es lo conocido lo que se ha puesto en tela de juicio, es lo desconocido lo que se ha vuelto dubitativo. En este contexto en nada nos favorece que diversos gobiernos estén lanzando una convocatoria a la población: denuncien al prójimo, sospechen del otro.

En una época en el cual lo que debemos de procurar es la cohesión social, nuestros gobernantes nos piden que nos fragmentemos. Para ayudarles a sacar adelante su chamba debemos de contemplar con ojos quirúrgicos al vecino, dudar del carro nuevo que se ha comprado, de sus ausencias, de las horas en las cuales arriba a su casa… los bancos pueden bostezar en las pesquisas de lavado de dinero pero el ciudadano debe de ser férreo para con el prójimo.

Actualmente vivimos afectados por un grave problema de desconfianza: pilares como la economía y la seguridad están fisurados y nos hacen temblar; en la vida diaria nos topamos ocasionalmente con personas que nos venden gato por liebre; como ciudadanos sorteamos la vida con gobernantes que mucho prometen y poco cumplen a grado tal que ya no les creemos absolutamente nada. Habitamos un México en el cual debemos de sortear dudas a diario, llegando a grado tal que no sabemos siquiera si el video de Belinda que circula por la Internet es real o no.

1 de diciembre de 2008

Más sobre la fabulosa vida

Si en VH1 le llaman La fabulosa vida, en su blog Guillermo Sheridan bautiza dicha actitud aderezada a la mexicana como las Buenas noticias.

No es que esté en contra de que la gente se divierta con las posibilidades que su bolsillo les conceda, pero hacer del derroche un acontecimiento celebrable me parece más frívolo que las películas cuya sustancia son los senos de Martha Higareda.

26 de noviembre de 2008

La fabulosa vida

El ejercicio del zapping, siempre satanizado, nos ofrece en ocasiones descubrimientos deslumbrantes. Uno puede toparse con una variedad de programas que van desde la orgiástica vida en la mansión playboy, en la cual un viejecito vive rodeado de tetas enormes y delineadas por unas circunferencias perfectas; hasta la transmisión de misas dominicales en directo desde el vaticano. Una de estas resientes conquistas con las que un servidor se ha topado es un programa llamado La fabulosa vida.

La estructura del programa es sencilla: una voz en off que se debate entre la galantería y la altivez se encarga de narrar la fabulosa vida de las celebridades –en la vida de las celebridades no hay cabida para las desdichas-; y algunos insufribles expertos en súper estrellas –una rara especie de periodistas que almacenan un montón de datos inútiles como el olor que despide la axila izquierda de Brad Pitt o la cena que le sirvieron al perro de Paris Hilton el día de acción de gracias-, hacen comentarios sobre la magnífica vida que se dan los artistas.

El programa es una especie de recorrido cultural mediante el cual se logran conocer las inmensas mansiones de la celebridades, sus parrandas costosísimas en las cuales supuestamente se derrocha sensualidad al por mayor, el trato que le dan a sus hijos mimados, los paradisíacos resquicios en los cuales suelen vacacionar, lo carísimo de las ropas que visten, las altísimas velocidades que alcanzan sus automóviles y bla bla bla…

El común denominador es siempre el dinero, las proezas de las celebridades consisten en gastar la mayor cantidad de dinero en el menor tiempo posible, si se compran un reloj lo importante no es que tan útil sea éste sino que tan caro es, los comentaristas festejan todos sus despilfarros como si se tratase de algo regocijante: Puff Daddy gastó un millón de dólares en su fiesta de cumpleaños, ¡genial!; Donald Trump cinco en su boda, ¡maravilloso!; Madonna otro tanto en su jet privado, ¡increíble!.

¿Qué pasará con esta farsa después de esta crisis que nos tiene a todos planteándonos preguntas y para la cual no hemos encontrado respuestas?, ¿Qué pasará con este american way of life que tan bien nos vendieron los norteamericanos?

Si los estadounidenses fueron eficaces para acaparar los monopolios de la tecnología, tanto o más lo han sido para crear consumidores a modo, desde el star-system hollywoodense hasta la denominada generación x que tuvo por padres adoptivos a la music television (MTV), su manejo de la cultura del consumo ha sido perfecto.

Se está hablando actualmente de regular el mercado, de ponerle ciertos límites a la especulación, que los gobiernos vuelvan a tener mecanismos de control sobre sus economías, de resucitar las teorías de Keynes… pero poco se habla del consumidor: de la creación de fondos de ahorro directos al salario, de seguros de desempleo, y porque no, de posibles fondos gubernamentales que ayuden a los deudores con problemas en sus créditos, logísticamente es mucho más complicado el ayudarle a un millón personas que a cien instituciones de crédito, pero es menos costoso, y sobretodo, solventaría un problema antes de que éste tenga vistos de crisis.

Pero no hay que ser complacientes con nosotros mismos, tenemos que aprender a regular nuestros gastos, es pasmosa la vida quincenal que se lleva, es inconcebible que los niños ya no sepan lo que es una alcancía –no lo cree, cuando la cajera de Walt-Mart le pregunte automatizadamente: “¿Encontró todo lo que buscaba?”, pregúntele usted si tiene alcancías, seguramente le responderá que no (como a mí)-, resulta sorprendente el frenesí y el delirio provocados por las ventas nocturnas de Liverpool…

Será fundamental el papel que en ello desempeñen los medios, los mensajes que se le transmitan a las masas a través de películas, canciones, programas de televisión… tras la gran depresión de 1929 en Hollywood se comenzaron a manufacturar películas esperanzadores, el director Frank Capra encabezó la realización de un tipo de cine que apostaba por ofertar un futuro halagüeño en una época en la que no había esperanzas. ¿Qué nos recetarán en ésta ocasión?, ¿Nos seguirán vendiendo la idea de La fabulosa vida?

18 de noviembre de 2008

La ilusión viaja en Barack Obama


La perspectiva que tenemos sobre los políticos generalmente resulta contradictoria, albergamos en ellos esperanzas que van más allá de sus capacidades, al ser estos los personajes que conducen el timón de los trasatlánticos nacionales les legamos un poder imaginario tanto fastuoso como omnipresente; como si al director de la escuela le legáramos los deberes tanto de alumnos como de maestros, a los políticos les cedemos por completo los designios de nuestras naciones.

La encuesta dada a conocer por la revista Día Siete el mes pasado resulta en este sentido sorprendente, el político, casi siempre reprobado en cuanto a su desempeño, es en el fondo una figura querida –término empleado por la encuesta-. La votación que buscaba descubrir a las figuras publicas más queridas del país estuvo copada y encabezada por políticos, cierto, desempeño similar tuvieron como las figuras públicas más odiadas, pero el seguimiento que se les da se encuentra ahí perfectamente ejemplificado.

El político acapara espacios en los noticieros estelares, encabeza los titulares de los periódicos de mayor circulación, su sola presencia es capaz de concentrar a multitudes en diversas plazas públicas, el furor por él provoca que la gente adorne sus carros con horrorosas calcomanías que llevan el nombre del susodicho…

El político es un fenómeno capaz de albergar esperanzas y de generar desilusiones. Entre estos fenómenos ninguno se equipara en la historia reciente al de Barack Obama.

La conmoción que ha provocado traspasa las fronteras de su nación, según las encuestas, salvo en Irak, en ningún otro rincón del planeta Obama hubiese perdido la elección presidencial, apoyar al candidato demócrata no solo parecía un acto eufórico sino también uno sumamente racional. Las expectativas que carga sobre sus hombros son enormes, se espera que sea un verdadero líder mundial en una época en la que la desorientación del mundo entero tiene tintes de caos.

La victoria de Barack Obama fue una fiesta a nivel mundial, se levantaron no pocas voces sensatas pero éstas están siendo prontamente ofuscadas por el regocijo. El ex-senador por Illinois es la viva imagen del bien que desterró a la figura del mal personificada por George W. Bush, y por ende, es un político irreprochable. El bien, a fin de cuentas, es siempre recibido con los brazos abiertos.

Pocos ponen en duda sus cualidades: inteligente, con una capacidad para la oratoria envidiable, conciliador en su actuar y de amplias metas en su ideario; no obstante, personajes con mayores cualidades han arribado al poder y han fracasado rotundamente en su desempeño como gobernantes. Ser un hombre con notables cualidades como persona no es símil de ser un gran abogado, arquitecto, médico y tampoco un gran gobernante.

Hace poco más de cincuenta años Luis Buñuel filmó una película llamada La ilusión viaja en tranvía, en la cual, dos personajes embriagados y melancólicos tomaban sin permiso del depósito un tranvía y en él recorrían la Ciudad de México, el jolgorio lo emplearon para amenizar sus penas, supuestamente iban a ser despedidos de sus trabajos. El mundo no pasa por uno de sus mejores momentos y gran parte de nuestras esperanzas se sostienen en un político, la ilusión viaja en Barack Obama.

13 de noviembre de 2008

Porque parece mentira la verdad nunca se sabe


Tomo prestado el título de aquella fastuosa novela escrita por Daniel Sada, y tomo también prestadas algunas de sus entrañas, en el fondo, dicho libro nos retrata a una sociedad corroída por la mentira: el esposo que no le ha confesado a su concubina que viven gracias a la herencia que le legó su padre, no a las ventas de la modesta tienda de abarrotes; el gobierno que maquila un fraude electoral descabellado y sanguinario; la telefonista que no le pasa los recados a sus coterráneos pues es esta una labor sumamente extenuante…

La mentira se ha convertido para el buen samaritano mexicano en una arma infalible, una “mentira piadosa” –lindo mote- cumple a la perfección con su cometido pues evita la hecatombe que se desataría si se llegara a conocer la cruel verdad, de los males, el menor. Pero su uso corriente nos ha traído consecuencias catastróficas, una de ellas: la desconfianza.

Como consecuencia de ello la mujer habla por teléfono al trabajo de su esposo para cerciorarse de si verdaderamente tuvo que trabajar horas extras o si en realidad está pasando el rato con la amante en turno; el ciudadano no sabe si denunciar o no un delito, pues no tiene la certeza de si esto le beneficiará, o por el contrario, terminará perjudicándole; el gerente de la tienda que ha sido recientemente asaltada sospechará de la gente que tiene a su cargo antes que de cualquier otra.

Transitamos por un país afectado por las dudas y el desconocimiento, tropezamos con oscuros enigmas que sabemos, nunca se esclarecerán, hemos construido nuestra historia en base a mitos y esa vereda se extiende hasta nuestro presente en el cual afloran el misterio y las mentiras. Lo que debería de hacerse público se esconde, lo privado es divulgado en los tabloides, el chisme y la calumnia son noticia, el dato concreto y sustentado una rareza que escasas veces podemos conocer.

El accidente en el cual pereció Juan Camilo Mouriño es un claro ejemplo de ese marcado escepticismo a la mexicana siendo llevado al extremo. Habrá una versión oficial pero ya cada quien tiene su propia versión sobre el siniestro, versión que a la postre terminaremos creyéndole más que a un folio oficial aderezado con cientos de pruebas e investigaciones.

Tan o incluso más rápido que la propia noticia se propagaron las sospechas y las hipótesis, quienes ven débil al gobierno coquetean con la idea del atentado, quienes simpatizan con la presidencia ven la lógica del accidente, la pasión nos nubla el panorama, la supuesta búsqueda de la verdad queda reducida a una mera consigna partidista.

El mexicano terminará creyendo la hipótesis que le dicte la fe que profese, compartirá o rechazará la versión oficial según sus tendencias partidistas, en el fondo no le interesa que se descubra la verdad sino que germine su teoría, así sea ésta una mentira. Quienes son ajenos a las pasiones políticas verán la anécdota desde el graderío y sencillamente concluirán que todo el embrollo es muy sospechoso.

El tiempo pasará, los ánimos se calmarán, la noticia perderá raiting y en algunos meses conoceremos la versión oficial, no creeremos un ápice de lo que nos dicen, refutaremos inclusive lo irrefutable, el incidente pasará a formar parte de las páginas de nuestros grandes enigmas nacionales y comprobaremos aquello que dictaba Daniel Sada: Porque todo parece mentira la verdad nunca se sabe… y nunca la sabremos, y menos aún la aceptaremos.

30 de octubre de 2008

Legalizar la ilusión


El murmullo es cada día mayor y más frecuente, la sumatoria de voces a su favor está arrojando números positivos, la legalización de algunas drogas va ganando adeptos en muy diversos sectores de nuestra sociedad.

Es evidente, sin embargo, que recurrimos al argumento de la legalización más que nada por desesperación, analistas como Jorge Chabat y José Antonio Crespo sostienen que ésta sería un golpe estratégico en la lucha contra el narcotráfico. Un golpe estratégico con vistos de retirada estratégica y honorable.

Si se pretende debatir sobre una probable legalización en el país, el tema debiera de plantearse desde sus causas, no desde sus hipotéticas consecuencias, hay que preguntárnoslos abiertamente: ¿Somos una sociedad que requiere de la legalización de ciertas drogas?

En lo personal creo que no. Los estudios más recientes indican que el consumo de droga se ha incrementado en los últimos años en nuestro país, creo que no hay peor momento para legalizar ciertas drogas que cuando su demanda se está incrementando, sería como abrirle las puertas de una dulcería a un niño rechoncho. No creo que se dispare considerablemente el consumo de sustancias, pero podrían consolidarse como adictos muchos de los ahora simples curiosos.

Creo también que no somos una sociedad lo suficientemente madura como para convivir con droga a la vuelta de la esquina, nuestra afamada irresponsabilidad no sabrá lidiar con un producto con el que se requiere de una plena responsiva, ciertamente, la decisión sobre su consumo es netamente personal, pero las consecuencias de una adición traspasan la frontera de lo personal para tocar fibras familiares, laborales y sociales.

Pero mi principal reticencia en contra de la legalización es por el cómo ésta se está planteando, optar por la legalización como salida única del foso en el cual nos ha sumido el narcotráfico es una ilusión sin sustento alguno, afirmar algo semejante demuestra el enorme desconocimiento que se tiene sobre el crimen organizado en nuestro país.

Quien plantea la posibilidad de asestarle un duro golpe al crimen organizando legalizando la droga tiene una idea muy romántica, a lo Vito Corleone, del lo que es el narcotráfico. Don Corleone era un gángster ejemplar, su negocio radicaba mayoritariamente en el juego mediante centros de apuestas, casinos y su influencia en el senado norteamericano, por ética personal decidió no inmiscuirse en el negocio de las drogas pues éstas podrían afectar la estructura familiar de los consumidores y para la mafia italiana la familia es un valuarte invulnerable.

Las actuales redes del crimen organizado nos resultan enigmáticas, pero no hay que ser un experto para saber que se extienden más allá del narcotráfico: corrupción policiaca, extorsión empresarial, secuestros, territorios controlados… nada de eso desaparecerá con una hipotética legalización, por el contrario, al recortársele parte de sus recursos estas células criminales quizás se vean en la necesidad de incrementar su participación en delitos del fueron común.

Plantear la legalización como el punto de partida desde el cual se pretenden disminuir los altos índices de violencia con los que se vive en el país es una equivocación. No hay que inventar recetas, el horno no está para bollos, no hay que idear a la legalización como el fármaco que nos curará de la fiebre de inseguridad.

22 de octubre de 2008

Vivíamos en un table dance


Los table dance son un paraíso imaginario, un espejismo, un oasis en medio de los desiertos de asfalto, tráfico insoportable y explotación laboral mal remunerada; reductos en los cuales la dura realidad se desvanece de súbito al atravesar por la puerta de entrada: el Cuasimodo que nunca en su vida había acariciado un seno de pronto se encuentra frente a un buffet con una variedad de tetas y pezones tan basta, que pareciera haber cabida para todos los gustos; el asalariado que a duras penas puede pagar las cuentas en su hogar se siente de pronto pudiente, le invita uno o varios whiskys en las rocas a la mujer que se ha sentado en su regazo, ingiere grandes cantidades de alcohol al tiempo que la susodicha le frota su miembro, le susurra al oído lo guapérrimo que está, lo tanto que la excita y el formidable tamaño de su pene.


Pero todo por servir se acaba, el artificio del table dance se evaporará en cuanto se abandone el recinto: Cuasimodo volverá a carecer de atractivo alguno para las miradas femeninas, el asalariado volverá a padecer su miseria crónica, la única persona que le volverá a acariciar su miembro en erección será su esposa aquellas extrañas noches en las cuales la lujuria pueda mas que las diferencias maritales.


Algo similar ha acontecido con la economía mundial, vivíamos en la era del artificio, y el consumismo ha terminado por consumirnos, nos volvimos expertos constructores de castillos imaginarios: Nike, Apple, Armani, Sony… todos ellos perfectos ejemplos de la cultura consumista, la marca por delante de la necesidad.


El cáncer se propagó e impregnó las entrañas de diversas sociedades, el consumo se convirtió en un estilo de vida, ir de shopping al centro comercial o hacerlo desde la comodidad de una PC para muchos se convirtió en una auténtica necesidad, el lujo se volvió moneda corriente. Sí, sociólogos como Bauman y Lipovetsky nos lo venían advirtiendo: las sociedades se estaban volviendo líquidas y vacías, pero, desconocedor de la economía como soy -y como somos la inmensa mayoría de los ciudadanos-, jamás nos percatamos de que ésta vorágine de banalidad nos llegaría a pegar directamente en nuestros bolsillos.


Ahora nos arrepentimos: “¿por qué me compré este inservible Xbox 360?”, “maldita la hora en la que adquirí ese maldito aparato de ejercicios que he utilizado una única vez en mi vida”, “¿cómo es que se me ocurrió comprarme un vestido talla 5 a sabiendas de que soy talla 11, tanta fe que le tenía al té milagroso que anuncia la Maribel Guardia y no bajé ni un mísero kilito?“.


Nuestros bolsillos se consumen y lo primero que buscamos son culpables: la televisión que nos ha impuesto un estilo de vida, el capitalismo, décadas de padecer gobiernos ineficientes, el capitalismo, Felipe Calderón, el capitalismo, López Obrador, el capitalismo, los especuladores de Wall Street y sobretodo el capitalismo. No debe de quedar duda alguna sobre la existencia de verdaderos culpables, aquellos que dizque heredaron el modelo hipotecario de Muhammad Yunus, desprendiéndole lo caritativo para volverlo lucrativo por medio de los créditos hipotecarios subprime, pero sincerándonos, sabemos que la burbuja pronto reventaría en uno u otro lado porque la epidemia del consumismo era una incontrolable fiebre mundial.


Soy muy negativo en cuanto a la crisis que recién inicia, su gravedad, creo yo, es mayor de lo que hasta ahora aparenta. Uno puede leer a economistas connotados como Krugman y Stiglitz y notará con suma facilidad que resumen a la perfección lo que ha acontecido pero resultan crípticos y confusos al momento de predecir el futuro. Sin embargo Don Chuy, quien atiende la tienda de abarrotes que lleva su nombre, resume a la perfección lo que vendrá: “antes vendía una docena de huevos al día y ahora solo dos”. Lo que ocurre es que de consumistas pasamos a no consumir ni siquiera lo indispensable, y esto arrastrará consecuencias catastróficas, la demanda de multitud de productos descenderá drásticamente, los empleos se perderán a raudales y entonces si nos veremos con la soga al cuello y recordaremos con nostalgia la época en la cual vivíamos el día a día como si habitásemos en un table dance.

29 de septiembre de 2008

El hecho y la metáfora


El hecho: una elefanta que llevaba por nombre el de Hildra chocó de lleno con un autobús de pasajeros, el fatídico impacto provocó la muerte de sus dos protagonistas, tanto el chofer como el paquidermo fallecieron tras la colisión.

Las versiones sobre cuales pudieron ser las causales de tan curioso incidente son diversas. Una de ellas, la más aceptada, apuesta a que fue un gato (¿negro?) el culpable, su inesperada presencia aterrorizó a la elefanta, quien sintiéndose indefensa en tan desigual encuentro, optó por huir y no por combatir. Existen sin embargo otras explicaciones, sin sustento alguno pero atiborradas de ingenio: hay quienes afirman que Hildra estaba cansada de su prolongado cautiverio, otros más dicen que su salario -consistente exclusivamente en notables raciones de comida insípida- le parecía deplorable y decidió probar suerte en otro lado, algunos creen que fue simplemente un acto de rebeldía espontánea...

Cualquiera que haya sido su motivación, Hildra fracasó en sus intenciones. Si lo que deseaba era escapar de las garras de un gato, terminó por confrontarse con un enemigo de mayores dimensiones; si el suyo fue un acto anárquico o de inconformismo, su protesta no llegó muy lejos, pese a que apareció en los noticieros jamás sabremos cuales eran sus demandas.

La metáfora: varios mexicanos podríamos colocarnos en las gruesas pieles de Hildra, una situación (económica y/o social) nos está espantando y estamos prestos a iniciar la estampida, una estampida en la cual no tenemos un destino preciso.

La situación actual es muy preocupante porque vivimos en el desconcierto y el desconocimiento, sabemos que estamos mal pero no sabemos que tan mal. Los focos rojos se han encendido en la economía de nuestros otrora poderosos vecinos del país del norte y nuestras autoridades no nos han brindado un diagnóstico sobre la situación: ¿qué tanto nos pegará una crisis en la economía de nuestro principal socio comercial?, ¿qué haremos al respecto?, ¿cómo sortearemos una drástica caída en las remesas y en la inversión extranjera directa en nuestro país?

Al interior de nuestra nación sabemos que las cosas están muy turbias, más que los altos índices de violencia preocupan los indicios de derrotismo que privan entre la población, la batalla contra el narcotráfico está perdiendo interés porque la estamos dando por perdida. Los intelectuales proponen estrategias alternas, la más sonada, la legalización; algunos políticos optan por una salida más sana pero menos decorosa, pactar con los narcos, que el estado se postre de rodillas ante los delincuentes; los ciudadanos dejan impasibles que la leyenda de “El Chapo” Guzmán se acreciente, lo que verdaderamente les interesa es poner cerraduras donde no las había, comprar bastones de seguridad para sus coches, colocar un barandal en la cochera... tratar de defender como se pueda el patrimonio que tanto esfuerzo nos ha costado haciendo de nuestros hogares pequeños ghettos.

La estampida para huir de nuestra realidad terminará fracasando si avanzamos dando tumbos, moviendo la enorme masa de nuestros problemas sin ningún orden e improvisando nuestras metas, se nos presenta la tempestad y corremos despavoridos, trastabillantes y con los ojos vendados.

Como buenos mexicanos, somos expertos en mentarles la madre e injuriar a nuestros políticos, pese a saber de antemano que nuestra condición en nada mejorará con ello. El próximo año tendremos unas elecciones sumamente importantes, la sociedad debe de exigir y de exigirse como nunca, basta ya de votar por un candidato por el simple hecho de que esté muy guapo o porque porte botas, si nuestra clase política no nos ha cumplido es porque no les hemos exigido.

Estamos a unos cuantos días de conmemorar un aniversario más de la matanza de Tlatelolco, he ahí el más claro ejemplo de que exigiendo y participando la sociedad puede lograr cambios sustanciales para su país. La reclusión obviamente no nos llevará a ningún lado, tampoco una estampida histérica en la cual insultemos a nuestros políticos buscando con ello más un deshago que una posible solución. Si no queremos que nuestro bote se hunda debemos de empezar a remar.